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La nacionalidad colombiana es una nacionalidad en proceso: su desarrollo formativo no ha culminado. Puede ser, aún más, que no se esté creando una sola, sino varias, aunque aparezcan elementos generales de unidad. (*)
Quizá la anterior formulación sea compartida por muchos: historiadores, sociólogos, antropólogos y otros estudiosos que se ocupan del tema; sin embargo, no dejará de inquietar a algunos lectores comunes y desprevenidos. Así y todo, parece ser una verdad archisabida que el proceso de formación de la nación colombiana, en caso de que exista, se encuentra todavía en los inicios de la marcha.
La anterior circunstancia era mucho más obvia doscientos años atrás para los primeros interesados en esta problemática. En 1789, Pedro Fermín de Vargas, consciente de esta realidad y preocupado por profundizar en las razones de nuestra desarticulación, resultado de un proceso apenas iniciado, e interesado en particular en la cuestión racial pero proponiendo un auténtico mestizaje destructivo escribió en su Memoria sobre la Población del Reino, 1789., Procultura, 1986, Bogotá, págs. 119 y 137: "La infancia de las sociedades, semejante a la de los hombres, es torpe, y lucha largo tiempo para adquirir vigor y fuerza de la juventud. Podemos decir que el Reino de Santa Fé se halla en ese triste estado, y que ahora es cuando comienza a querer adelantar sus pasos (...) Sabemos por experiencias repetidas que entre los animales, las razas se mejoran cruzándolas, y aún podemos decir que esta observación se ha hecho igualmente entre las gentes de que hablamos, pues en las castas medias que salen de las mezclas de indios y blancos son pasaderas. En consecuencia, de estas observaciones y de la facilidad que adquiriría nuestra legislación patria, sería muy de desear que se extinguiesen los indios, confundiéndolos con los blancos..."
Esta apreciación siguió siendo parecida en el primer siglo después de la Independencia y lo es aún. Entre otras razones, porque este fenómeno ha sido, en parte, causa de múltiples problemas de los cuales no fueron los menores, en el siglo XIX, la polémica y las guerras entre federalistas y centralistas ni lo es hoy el resentimiento de las regiones contra el centralismo bogotano y los centralismos de las respectivas capitales departamentales.
De otra parte, si lo antes dicho es evidente en nuestro país, es igualmente claro el sentimiento de naciones en formación en casi todos los países de América Latina, por lo reciente del coloniaje. Algunos lo experimentan menos, como los del cono sur, con inmigraciones europeas distintas a la española que han facilitado la apropiación del nuevo mundo y la aceptación de tradiciones adaptativas; estas inmigraciones, de algún modo trajeron consigo la idea de nación y pudieron aclimatarla. Otros ni siquiera lo sienten en tanto han podido, como México y Perú, establecer una continuidad con las antiguas y fuertes tradiciones aborígenes. Pero un buen número, al que pertenece el nuestro, son países arbitrariamente construidos sobre historias múltiples que fueron casi borradas y, además, por antiguos europeos de una España que tampoco poseía una sólida unidad.
En realidad, no hay en la historia de la humanidad un tiempo determinado que pueda considerarse suficiente como para que una comunidad estable llegue a consolidarse en calidad de nación, pero al menos es cierto que quinientos años, contados a partir del descubrimiento, no han bastado en nuestro caso.
Se ha dicho, pues, que el proceso de que hablamos no ha cuajado del todo; no obstante, para algunos no hay duda de que la nación colombiana se está formando y que efectivamente terminará por existir una sola. Empero, ¿hay realmente entre nosotros una nacionalidad en proyecto?
Antes que al problema nacional, como tema, nuestro interés prefiere orientarse a uno solo de los elementos esenciales de la nación: la cultura, y más bien nos replanteamos la pregunta: ¿Existe una cultura colombiana?, ¿Está surgiendo una cultura colombiana?
Aborígenes y mestizos
Colombia no es sino una parte de América Latina, afroiberoamericana o sencillamente "nuestra América mestiza", como señaló José Martí. Continente más homogéneo que heterogéneo, aunque sea posible opinar lo contrario.
Es casi una verdad de acuño [tan verdadera que se podría acuñar en escudos y monedas] que la América que habla castellano, portugués, como también francés e inglés isleños, es poco menos que una sola. Una especie de "nacionalidad" dividida entre Estados diversos. Indiscutiblemente, existen diferencias notorias: poco tiene que ver un mejicano norteño con un huaso chileno, lo mismo que un montevideano con un pastuso, pero en otro nivel hay fenómenos que invitan a pensar lo contrario: el tango popular de Medellín, la música vallenata que se escucha en Monterrey, en la frontera norteamericana; la misma sensibilidad negra en las islas del caribe y en las riberas del continente y otras muchas, semejantes.
Aunque realmente no podemos afirmar lo de una inmensa nación y un mismo pueblo, sí es posible hablar de una gigantesca mezcla de culturas que ha dado lugar al mestizo, o al gran hibridado contemporáneo, para recurrir a otro matiz de lenguaje. El mestizaje sólo es norma en este lado del planeta, en otras partes pasó a ser un hecho apenas esporádico y localizado. Claro está, el ser humano actual no es sino el producto de amalgamas muy antiguas, incluidas las fusiones con especies cercanas como la neanderthal; no obstante, ninguna parece haber sido igual a la ocurrida en el nuevo mundo en los siglos posteriores al Descubrimiento, si exceptuamos la actualidad con la mixtura cultural que está provocando la globalización. Junto al entrecruzamiento de los genes, que se ha dado de manera intensa, importa el entrecruzamiento de culturas, verdadero experimento de la sociedad humana por superarse a sí misma, difícilmente comparable con ningún otro: ni con el desperdigarse de los indoeuropeos, que fue un fenómeno de difusión, ni con la formación de los grandes imperios, imposición que mantuvo la mayoría de las separaciones internas y nunca generó aportes masivos como en el caso americano.
De este fenomenal ensayo ha participado todo el continente, aún el norte, así el mestizaje se refiera allí casi en exclusiva a los blancos y haya marginado a los negros y a los indígenas, pero Colombia se encuentra en el lugar exacto del mapa como para que aquí el fenómeno haya sido más acelerado, intenso y completo.
Aunque el proceso no estuvo exento de problemática: en un principio, la dominación española quiso imponer la separación estricta de razas y culturas, pero la mezcla acabó imponiéndose, acaballada en la necesidad biológica y facilitada por el pasado histórico de España, que desde tiempos remotos fue territorio de uniones entre iberos en sus distintas ramas, griegos, celtas, romanos, visigodos, árabes y negros del norte africano. Así, aparecieron entre nosotros mulatos, zambos y mestizos para acabar formando el grueso demográfico de nuestra población.
Más tarde, ante la realidad incontrovertible, se impuso otro criterio: si el mestizaje era imparable, que al menos sirviera para terminar con los indígenas, asimilándolos. Fue cuando se planteó la idea del mestizo asimilado como blanco, evidente en la visión de Pedro Fermín de Vargas que ya mencionamos.
A pesar de todo, el fenómeno funcionó por encima y además de quienes hubieran preferido nichos étnicos inviolados, sin ser cierto tampoco que los genes blancos sustituyeran a los demás, pues lo que surgió fue un ser nuevo.
Si hiciéramos un recorrido de norte a sur, veríamos que en México, Guatemala y Honduras, el indio permaneció de alguna manera; más en algunas partes que en otras, pero permaneció frente y diferente al negro y al blanco. En Ecuador, Perú, Bolivia y Paraguay otra vez continuó mayoritario el indio, aunque en distintas proporciones en cada uno de estos países. En Argentina, Uruguay y Chile, el predominio resultó blanco, como también acontece en Costa Rica. En Brasil y en todas las islas del caribe, sobresalen los negros, los mulatos y los zambos. En tanto que en Colombia, Nicaragua, Panamá y Venezuela el componente principal es el mestizo. Quizá, en el caso colombiano, ello se deba sobre todo a que nos encontramos en la esquina geográfica precisa, aunque también a nuestra histori
Descubrimientos arqueológicos muestran, en el pasado remoto, que el territorio de Colombia fue un punto tanto de confluencias como de dispersión de culturas consideradas de alto desarrollo para su tiempo.
Tres mil años antes de nuestra era, las sabanas y costas de la llanura atlántica fueron principio lejano de culturas embrionarias que luego vivirían su apogeo en Centroamérica. Ellas mismas, transformadas, retornarían a la Sierra Nevada de Santa Marta como pueblos taironas, al parecer emparentados con mayas y quichés, y a la costa pacífica, como cultura Tumaco, también de procedencia mesoamericana. En la amazonía, que incluye parte de nuestro territorio, tuvieron origen culturas apreciables que irradiaron al Perú. Sobre ello indicó el profesor Reichel-Dolmatoff en la Nueva historia de Colombia, tomo I, Ed. Planeta, Bogotá, 1989: "...los orígenes del continuum Chavín-Inca, se supone estén en las tierras bajas del noroeste de Suramérica, y las Etapas Formativas de estos dos centros parece que estuvieron precedidas por una amplia fase de desarrollo que se puede designar como Etapa de Selva Tropical. Se puede suponer, entonces, que durante el periodo aproximado de 3.000 a 1.000 años a.C., Colombia, Ecuador y el Alto Amazonas formulaban la verdadera área de clímax cultural del nuevo mundo, la cual servía de fuente cultural al Perú y Mesoamérica, regiones que en aquel entonces eran marginales a la gran corriente de los desarrollos americanos."
Esta condición de lugar de confluencia, vuelta a ocurrir en los siglos de la Conquista y el Coloniaje, y refrendada en los tiempos actuales, ha dado quizá lugar a un mestizaje íntegro, cuya dinámica prosigue.
No es posible establecer con exactitud la proporción actual, pero en Colombia es mayoritario el mestizo, tanto de indio y blanco como de negro y blanco o de indio y negro. Buena parte de la población es, también, simplemente blanca o negra, sin mezclas, y por lo menos 700 mil personas son indígenas. Como una de sus consecuencias, nuestra cultura es así mismo mestiza y posee elementos de las tres vertientes originarias, sin que podamos establecer preponderancias verdaderas; sólo el uso generalizado del idioma castellano nos lleva a considerar la cultura hispánica como cultura marco.
EL ORIGEN
A la llegada de los conquistadores, el que después sería el territorio colombiano no se encontraba culturalmente unificado. Esta circunstancia, además de lo que ha significado en la conformación de nuestro pueblo, fue causa de otro fenómeno que tuvo particular incidencia, reseñado así por el Secretario del Virreinato de la Nueva Granada en 1789, don Francisco Silvestre en el libro Descripción del reyno de Santa Fe de Bogotá, Pub. U. Nacional, Bogotá, 1986, pág. 7: " No obstante que fue de lo primero que se descubrió de la tierra firme de la América meridional, por nuestro famoso almirante Colón, el Cabo de la Vela, y provincia de Santa Marta, y que motivó el nombre de este Reyno, aunque después pasado o aplicado impropiamente a Panamá: descubiertos después por el Mar del Norte el rico imperio de México y con el del sur el poderoso del Perú, el valor, y la codicia condujeron a aquellos la mayor parte de las gentes, que venían de España a su descubrimiento y conquista, sin hacer caso de este, aunque no menos rico que los otros, por no haver en él Reyno formal, como en ambos, y de una nación unida: ni advertirse desde luego algún rastro de lujo, legislación y policía, que excitase la avaricia de los Conquistadores, a más del deseo, y zelo de algunos de que extendiese el conocimiento del verdadero Dios y la Religión Catholica." [subrayado del autor].
La mayor parte de las regiones que hoy conforman a Colombia se encontraban habitadas por pueblos distintos y de diversos orígenes, de los cuales la mayoría debe ser clasificada y reclasificada de conformidad con los trabajos arqueológicos y etnohistóricos que en el futuro profundicen en esta parte de nuestro pasado. El mapa primigenio, la localización de culturas y poblaciones será dificil de reconstruir. Éstos apenas si se encuentran mencionados por los cronistas; pero fuera de su nombre y probable ubicación poco más se conoce. A pesar de que algunos sobrevivieron hasta nuestros días, casi todos desaparecieron para siempre, sin dejar mayor rastro; y lo hicieron esclavizados, consumidos en el trabajo de la minería y las encomiendas o exterminados por las enfermedades occidentales para las cuales no poseían anticuerpos.
Regiones como la actual Antioquia, Santander, Cauca, Costa Atlántica y los Llanos Orientales conocieron multitud de etnias cuyos restos quedaron, si mucho, en la tradición popular. Tal vez resulten centenares y quizá no se pueda intentar un inventario completo de lo que fueron.
Leyendas como la de La Gaitana, en el Huila, o la del cacique chimila o tupe llamado Uniaymo, en Valledupar, que burló por algún tiempo a los invasores peninsulares [recordada cada año en los festivales de acordeón] son dos ejemplos de ese acervo perdido.
No es nuestra intención reproducir el gran número de trabajos antropológicos existente sobre el pasado precolombino ni mucho menos pretender aportar datos o enfoques nuevos sobre el particular [razón por la cual a ellos nos remitimos], pero sírvanos recordar que teníamos [y tenemos] pueblos y culturas pertenecientes a cuatro de las grandes familias lingüísticas de Suramérica: La ARAWAK, en la costa norte y en la llanura amazónica; la CARIBE, igualmente en la costa norte, montañas de Antioquia, Costa Pacífica, valle del Magdalena y llanura amazónica; la CHIBCHA, en la cordillera oriental, cordillera central y Sierra Nevada de Santa Marta, con representantes en Centroamérica, el Darién y Ecuador; y la QUECHUA, en el Macizo Colombiano y Putumayo. A las que hay que agregar las más pequeñas familias GUAHIBO, TUCANO, SÁLIBA, WITOTO, BORA; idiomas y culturas inclasificados como los MAKÚ, KAMSÁ, TICUNA, un representante de los TUPI GUARANÍ y otras de discutible determinación, en los Llanos Orientales y en la selva del Amazonas.
Muchas de estas culturas tenían un bajo grado de desarrollo social, denominado por los investigadores régimen tribal, es decir, estadio de comunidad primitiva igualitaria, con escasa producción material y organización apenas indispensable para la supervivencia en la selva, mayormente cazadores, recolectores o usuarios de una agricultura rudimentaria.
Otras, especialmente en las laderas andinas, conocían el cultivo del maíz, se encontraban en una etapa de transición descrita como de cacicazgos en los que se habían conformado sociedades jerarquizadas, de algún modo divididas en estratos, formas primitivas de división entre privilegiados y pueblo, bajo el mando de un jefe o cacique, y caracterizados por un tipo de poblamiento en aldeas mayores rodeadas por aldeas dependientes.
Sólo unos pocos habían superado las anteriores etapas y estaban integrados socialmente en organizaciones más grandes y complejas: federaciones y confederaciones de tribus y cacicazgos que habían alcanzado o estaban por alcanzar el carácter de pueblos. De no mediar la intromisión del imperio español, hubieran formado auténticas nacionalidades y llegado a constituir verdaderos Estados, como estaba a punto de acontecer en México y Perú. Respecto de este proceso trunco dijo José Martí: "Robaron los conquistadores una página al universo."
Procedentes de la gran región de las Guayanas, de la que hacen parte hoy Guyana, Surinam, Guayana Francesa, Brasil y Venezuela, los CARIBES arribaron a Colombia en dos líneas principales de dispersión: el Amazonas y, hacia el norte, siguiendo primero el río Orinoco, el lago de Maracaibo y el río Catatumbo, la costa que lleva su nombre. Parecen haberse asentado también en el actual Chocó, las montañas antioqueñas, Caldas, el Magdalena Medio y parte del Alto Magdalena. Se suponen caribes, entre otros, los panches, muzos, pijaos, quimbayas, carares y catíos; algunos, por lo menos asimilados a aquellos. En el presente lo son los carijona del Vaupés y los yuko de la serranía del Perijá Poseían un carácter aguerrido y belicoso, y estaban en probable proceso de expansión, como lo prueban sus constantes conflictos con las culturas limítrofes. Colón mismo fue testigo del enfrentamiento caribe-arawak en las Antillas: los taíno [arawak] temían la agresividad de los karib o canima, a veces acompañada de antropofagia, de donde nacieron el término caníbal por deformación de canima, y la leyenda negra del salvaje americano cuya supuesta maldad congénita justificaría durante siglos la esclavización y el genocidio sistemáticos. Sobre este asunto leemos en la copia que fray Bartolomé de Las Casas hizo del diario del primer viaje de Colón: "... otra tierra o cabo que va también al Leste, a quien aquellos indios que llevaban llamaban Bohío, la cual dezían que era muy grande y que avía en ella gente que tenía un ojo en la frente, y otros que se llamaban caníbales, a quienes mostraban tener gran miedo ... toda la gente que hasta oy a hallado disque tiene grandíssimo temor de los de Canima o Caniba."
Emparentados con pueblos de Centroamérica, especialmente Costa Rica, la familia CHIBCHA se hallaba situada a lo largo de la cordillera oriental, comunicada desde la Sierra Nevada de Santa Marta [los tairona] hasta la cordillera central, en el Cauca, a través de culturas de habla y costumbres de la misma filiación: hacaritamas, guanes, muiscas y posiblemente paeces, en los santanderes, la planicie cundiboyacense y el Tolima. Tal como los taínos, los CHIBCHAS sufrían la arremetida de los caribes, indudablemente cierta entre panches y muiscas, así como entre paeces y coyaimas, enfrentamientos que todavía recuerdan las minorías étnicas supervivientes en el sur del Tolima.
Preciso es mencionar que fueron chibchas las dos culturas fundamentales del pasado aborigen de nuestro país: los taironas de la Sierra Nevada de Santa Marta, y los muiscas de la altiplanicie cundiboyacense. Fuera de los límites actuales, también se consideran macro-chibchas ciertos idiomas de Centroamérica [por ejemplo: el cuna o tule] y algunos del Ecuador. A su vez, los ARAWAK, habitantes de las Antillas, se habían afincado tanto en la Costa Atlántica como en el Amazonas. Al norte, son de esta familia los wayuu colombo-venezolanos. En el sur permanecen los más diversos: yucuna, piapoco, curripaco, achagua, tariano y cabiyarí.
Por último, los QUECHUAS de nuestro territorio fueron [y son] la avanzada norte de la gran familia peruana, cuya influencia alcanzó el actual departamento del Cauca, pasando por Nariño y Putumayo, en el que son descendientes los inga. Y en medio de todos ellos: un sinnúmero de culturas y poblaciones distintas de difícil clasificación y aún ubicación en el mapa histórico. A grandes rasgos, pertenecientes a las grandes familias, las siguientes fueron las principales, sin que pretendamos descubrir lo ya descubierto y sabido:
Los Taironas
De filiación CHIBCHA y procedencia no del todo clara. Aún cuando muestran notorias similitudes con los mayas, sobre todo en cerámica y orfebrería, a lo cual contribuye la leyenda cogui actual [lo más probable es que los cogui sean descendientes directos de los taironas] relativa a una supuesta procedencia suya de un país amenazado por el fuego en un viaje que se remonta a 52 generaciones [el fuego, ¿volcanes?, sugiere de inmediato a Centroamérica], bien pudiera ser que se hubieran desarrollado independientemente en la Sierra Nevada de Santa Marta desde tiempos muy remotos y sean rama de una cultura más amplia que abarcaría desde Costa Rica hasta la costa venezolana, pasando por Panamá y Colombia. También pudiera tratarse de la imbricación de culturas mayoides sobre una base autóctona.
Vivieron en las zonas bajas y medias de la parte costera y suroccidental de la Sierra Nevada de Santa Marta. Fueron el primero de los pueblos americanos importantes en ser invadido por los españoles, en los inicios del siglo XVI. Los cronistas ibéricos coinciden en que se trataba de una sociedad desarrollada, con una población densa de carácter urbano. Las excavaciones confirman estos hechos y evidencian la existencia de más de 200 poblados, algunos de los cuales pueden ser considerados ciudades, en un territorio relativamente pequeño.
Agricultores del maíz y pescadores, crearon una vasta red de caminos empedrados que comunicaban todo su país. Las aldeas estaban situadas casi siempre en laderas montañosas de pendientes pronunciadas, con magníficos muros de contención para evitar deslizamientos, canales de desagüe abiertos y subterráneos, terrazas de cultivo, espacios de uso público y plazas ceremoniales que indican de manera necesaria la existencia de una sociedad compleja.
Al arribo de los conquistadores comenzaban a integrarse políticamente, aunque de manera incipiente, en dos provincias: Betoma, al occidente, en las cercanías de Santa marta, y Tairona, al oriente, en los valles de los ríos Buritaca, Don Diego y Palomino, según descripción de los cronistas. Arqueólogos modernos prefieren, no obstante, hablar de Bonda, en la zona plana y costera, y Pocigüeica, en las estribaciones de los ríos mencionados.
Su arquitectura, bastante elaborada en cuanto se refiere a planeación urbanística ya que no a la construcción de templos y viviendas [si bien hacían cimientos en piedra, las casas eran de troncos, bahareque y techo de paja], y sus conocimientos agrícolas con eficaces canales de regadío en las zonas secas, los convierten en una cultura inteligente que supo aprovechar el entorno de tal modo que no crearon desequilibrios en el medio natural. Es diciente que cuando, por presión de los invasores, abandonaron las partes baja y costera de la sierra, la selva volvió a ocupar allí su lugar y surgió una ancha franja de protección que preservó a los supervivientes en lo alto de las montañas.
Tuvieron un claro carácter aguerrido que los enfrentó desde un comienzo a los españoles y prolongó la agonía de su casi desaparición durante un siglo entero. Los conquistadores, aunque lograron exterminarlos en la costa, persiguiéndolos a sangre y fuego, reprimiendo su mundo religioso [como en otros lugares de América, sus centros sagrados fueron considerados adoratorios diabólicos y particularmente sus dioses murciélago tenidos por ídolos satánicos], encarcelando y asesinando a los naomas o sacerdotes, saqueando sus tesoros, jamás pudieron acabarlos.
Sus posibles descendientes actuales, los cogui, ijka o arhuaco, wiwa y cancuamo, preservan todavía su viejo mundo espiritual, auténtica filosofía y concepción religiosa integrales, producto de una cultura de tradición milenaria, en las tierras altas y frías de la Sierra Nevada. Como la totalidad de los cacicazgos que sustituyeron a las sociedades tribales selváticas, los taironas [así como los muiscas y zenúes] aprovecharon diversos entornos ecológicos; en su caso, en sentido vertical, desde el nivel del mar hasta los climas templados y fríos: fueron al mismo tiempo pescadores y productores de sal y agricultores de ladera y, con bastante probabilidad, también consideraron sagradas las lagunas y las cumbres mayores de la sierra.
Su belicosidad, como la de los chimilas con quienes colindaban en el sur en los hoy departamentos de Magdalena y Cesar y la de los wayuu, en la península de la Guajira, constituye una excepción en la Costa Atlántica, poblada en su mayoría por culturas menos agresivas. Esta característica señalaría cierto atraso social, en tanto fueron por lo regular los pueblos selváticos y belicosos los que acabaron exterminados como sucedió a los taironas, pero podríamos pensar lo contrario al valorar su importante cultura urbana, sus técnicas agrícolas, su depurada cerámica y su orfebrería en pleno florecimiento.
Sin duda, como hoy se piensa, el escaso territorio y la dificultad del terreno montañoso retrasaron su integración política, lo único que los coloca en desventaja frente a los muiscas y no hace de ellos nuestra primera cultura prehispánica. En otros aspectos, fueron notoriamente superiores. En cuanto respecta al mundo colombiano actual, los taironas no dejaron sino, de una parte, huellas arqueológicas y, de otra, supervivientes escasamente mestizados. Hablando rigurosamente, su cultura no entró, ni ha entrado aún, a formar parte directa del proceso de formación de lo que pudiera denominarse cultura colombiana. |