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La
nacionalidad colombiana es una nacionalidad en proceso:
su desarrollo formativo no ha culminado. Puede ser,
aún más, que no se esté creando
una sola, sino varias, aunque aparezcan elementos generales
de unidad. (*)
Quizá
la anterior formulación sea compartida por muchos:
historiadores, sociólogos, antropólogos
y otros estudiosos que se ocupan del tema; sin embargo,
no dejará de inquietar a algunos lectores comunes
y desprevenidos. Así y todo, parece ser una verdad
archisabida que el proceso de formación de la
nación colombiana, en caso de que exista, se
encuentra todavía en los inicios de la marcha.
La anterior circunstancia era
mucho más obvia doscientos años atrás
para los primeros interesados en esta problemática.
En 1789, Pedro Fermín de Vargas, consciente de
esta realidad y preocupado por profundizar en las razones
de nuestra desarticulación, resultado de un proceso
apenas iniciado, e interesado en particular en la cuestión
racial pero proponiendo un auténtico mestizaje
destructivo escribió en su Memoria sobre la Población
del Reino, 1789., Procultura, 1986, Bogotá, págs.
119 y 137: "La infancia de las sociedades, semejante
a la de los hombres, es torpe, y lucha largo tiempo
para adquirir vigor y fuerza de la juventud. Podemos
decir que el Reino de Santa Fé se halla en ese
triste estado, y que ahora es cuando comienza a querer
adelantar sus pasos (...) Sabemos por experiencias repetidas
que entre los animales, las razas se mejoran cruzándolas,
y aún podemos decir que esta observación
se ha hecho igualmente entre las gentes de que hablamos,
pues en las castas medias que salen de las mezclas de
indios y blancos son pasaderas. En consecuencia, de
estas observaciones y de la facilidad que adquiriría
nuestra legislación patria, sería muy
de desear que se extinguiesen los indios, confundiéndolos
con los blancos..."
Esta apreciación
siguió siendo parecida en el primer siglo después
de la Independencia y lo es aún. Entre otras
razones, porque este fenómeno ha sido, en parte,
causa de múltiples problemas de los cuales no
fueron los menores, en el siglo XIX, la polémica
y las guerras entre federalistas y centralistas ni lo
es hoy el resentimiento de las regiones contra el centralismo
bogotano y los centralismos de las respectivas capitales
departamentales.
De otra parte,
si lo antes dicho es evidente en nuestro país,
es igualmente claro el sentimiento de naciones en formación
en casi todos los países de América Latina,
por lo reciente del coloniaje. Algunos lo experimentan
menos, como los del cono sur, con inmigraciones europeas
distintas a la española que han facilitado la
apropiación del nuevo mundo y la aceptación
de tradiciones adaptativas; estas inmigraciones, de
algún modo trajeron consigo la idea de nación
y pudieron aclimatarla. Otros ni siquiera lo sienten
en tanto han podido, como México y Perú,
establecer una continuidad con las antiguas y fuertes
tradiciones aborígenes. Pero un buen número,
al que pertenece el nuestro, son países arbitrariamente
construidos sobre historias múltiples que fueron
casi borradas y, además, por antiguos europeos
de una España que tampoco poseía una sólida
unidad.
En realidad,
no hay en la historia de la humanidad un tiempo determinado
que pueda considerarse suficiente como para que una
comunidad estable llegue a consolidarse en calidad de
nación, pero al menos es cierto que quinientos
años, contados a partir del descubrimiento, no
han bastado en nuestro caso.
Se ha dicho,
pues, que el proceso de que hablamos no ha cuajado del
todo; no obstante, para algunos no hay duda de que la
nación colombiana se está formando y que
efectivamente terminará por existir una sola.
Empero, ¿hay realmente entre nosotros una nacionalidad
en proyecto?
Antes que
al problema nacional, como tema, nuestro interés
prefiere orientarse a uno solo de los elementos esenciales
de la nación: la cultura, y más bien nos
replanteamos la pregunta: ¿Existe una cultura
colombiana?, ¿Está surgiendo una cultura
colombiana?
Aborígenes
y mestizos
Colombia
no es sino una parte de América Latina, afroiberoamericana
o sencillamente "nuestra América mestiza",
como señaló José Martí.
Continente más homogéneo que heterogéneo,
aunque sea posible opinar lo contrario.
Es casi una
verdad de acuño [tan verdadera que se podría
acuñar en escudos y monedas] que la América
que habla castellano, portugués, como también
francés e inglés isleños, es poco
menos que una sola. Una especie de "nacionalidad"
dividida entre Estados diversos. Indiscutiblemente,
existen diferencias notorias: poco tiene que ver un
mejicano norteño con un huaso chileno, lo mismo
que un montevideano con un pastuso, pero en otro nivel
hay fenómenos que invitan a pensar lo contrario:
el tango popular de Medellín, la música
vallenata que se escucha en Monterrey, en la frontera
norteamericana; la misma sensibilidad negra en las islas
del caribe y en las riberas del continente y otras muchas,
semejantes.
Aunque realmente
no podemos afirmar lo de una inmensa nación y
un mismo pueblo, sí es posible hablar de una
gigantesca mezcla de culturas que ha dado lugar al mestizo,
o al gran hibridado contemporáneo, para recurrir
a otro matiz de lenguaje. El mestizaje sólo es
norma en este lado del planeta, en otras partes pasó
a ser un hecho apenas esporádico y localizado.
Claro está, el ser humano actual no es sino el
producto de amalgamas muy antiguas, incluidas las fusiones
con especies cercanas como la neanderthal; no obstante,
ninguna parece haber sido igual a la ocurrida en el
nuevo mundo en los siglos posteriores al Descubrimiento,
si exceptuamos la actualidad con la mixtura cultural
que está provocando la globalización.
Junto al entrecruzamiento de los genes, que se ha dado
de manera intensa, importa el entrecruzamiento de culturas,
verdadero experimento de la sociedad humana por superarse
a sí misma, difícilmente comparable con
ningún otro: ni con el desperdigarse de los indoeuropeos,
que fue un fenómeno de difusión, ni con
la formación de los grandes imperios, imposición
que mantuvo la mayoría de las separaciones internas
y nunca generó aportes masivos como en el caso
americano.
De este fenomenal
ensayo ha participado todo el continente, aún
el norte, así el mestizaje se refiera allí
casi en exclusiva a los blancos y haya marginado a los
negros y a los indígenas, pero Colombia se encuentra
en el lugar exacto del mapa como para que aquí
el fenómeno haya sido más acelerado, intenso
y completo.
Aunque el proceso no estuvo
exento de problemática: en un principio, la dominación
española quiso imponer la separación estricta
de razas y culturas, pero la mezcla acabó imponiéndose,
acaballada en la necesidad biológica y facilitada
por el pasado histórico de España, que desde
tiempos remotos fue territorio de uniones entre iberos
en sus distintas ramas, griegos, celtas, romanos, visigodos,
árabes y negros del norte africano. Así,
aparecieron entre nosotros mulatos, zambos y mestizos
para acabar formando el grueso demográfico de nuestra
población.
Más tarde, ante la realidad incontrovertible,
se impuso otro criterio: si el mestizaje era imparable,
que al menos sirviera para terminar con los indígenas,
asimilándolos. Fue cuando se planteó la
idea del mestizo asimilado como blanco, evidente en
la visión de Pedro Fermín de Vargas que
ya mencionamos.
A pesar de
todo, el fenómeno funcionó por encima
y además de quienes hubieran preferido nichos
étnicos inviolados, sin ser cierto tampoco que
los genes blancos sustituyeran a los demás, pues
lo que surgió fue un ser nuevo.
Si hiciéramos
un recorrido de norte a sur, veríamos que en
México, Guatemala y Honduras, el indio permaneció
de alguna manera; más en algunas partes que en
otras, pero permaneció frente y diferente al
negro y al blanco. En Ecuador, Perú, Bolivia
y Paraguay otra vez continuó mayoritario el indio,
aunque en distintas proporciones en cada uno de estos
países. En Argentina, Uruguay y Chile, el predominio
resultó blanco, como también acontece
en Costa Rica. En Brasil y en todas las islas del caribe,
sobresalen los negros, los mulatos y los zambos. En
tanto que en Colombia, Nicaragua, Panamá y Venezuela
el componente principal es el mestizo. Quizá,
en el caso colombiano, ello se deba sobre todo a que
nos encontramos en la esquina geográfica precisa,
aunque también a nuestra histori
Descubrimientos
arqueológicos muestran, en el pasado remoto,
que el territorio de Colombia fue un punto tanto de
confluencias como de dispersión de culturas consideradas
de alto desarrollo para su tiempo.
Tres mil
años antes de nuestra era, las sabanas y costas
de la llanura atlántica fueron principio lejano
de culturas embrionarias que luego vivirían su
apogeo en Centroamérica. Ellas mismas, transformadas,
retornarían a la Sierra Nevada de Santa Marta
como pueblos taironas, al parecer emparentados con mayas
y quichés, y a la costa pacífica, como
cultura Tumaco, también de procedencia mesoamericana.
En la amazonía, que incluye parte de nuestro
territorio, tuvieron origen culturas apreciables que
irradiaron al Perú. Sobre ello indicó
el profesor Reichel-Dolmatoff en la Nueva historia de
Colombia, tomo I, Ed. Planeta, Bogotá, 1989:
"...los orígenes del continuum Chavín-Inca,
se supone estén en las tierras bajas del noroeste
de Suramérica, y las Etapas Formativas de estos
dos centros parece que estuvieron precedidas por una
amplia fase de desarrollo que se puede designar como
Etapa de Selva Tropical. Se puede suponer, entonces,
que durante el periodo aproximado de 3.000 a 1.000 años
a.C., Colombia, Ecuador y el Alto Amazonas formulaban
la verdadera área de clímax cultural del
nuevo mundo, la cual servía de fuente cultural
al Perú y Mesoamérica, regiones que en
aquel entonces eran marginales a la gran corriente de
los desarrollos americanos."
Esta condición de lugar de confluencia, vuelta
a ocurrir en los siglos de la Conquista y el Coloniaje,
y refrendada en los tiempos actuales, ha dado quizá
lugar a un mestizaje íntegro, cuya dinámica
prosigue.
No es posible establecer
con exactitud la proporción actual, pero en Colombia
es mayoritario el mestizo, tanto de indio y blanco como
de negro y blanco o de indio y negro. Buena parte de la
población es, también, simplemente blanca
o negra, sin mezclas, y por lo menos 700 mil personas
son indígenas. Como una de sus consecuencias, nuestra
cultura es así mismo mestiza y posee elementos
de las tres vertientes originarias, sin que podamos establecer
preponderancias verdaderas; sólo el uso generalizado
del idioma castellano nos lleva a considerar la cultura
hispánica como cultura marco.
EL ORIGEN
A
la llegada de los conquistadores, el que después
sería el territorio colombiano no se encontraba
culturalmente unificado. Esta circunstancia, además
de lo que ha significado en la conformación de
nuestro pueblo, fue causa de otro fenómeno que
tuvo particular incidencia, reseñado así
por el Secretario del Virreinato de la Nueva Granada
en 1789, don Francisco Silvestre en el libro Descripción
del reyno de Santa Fe de Bogotá, Pub. U. Nacional,
Bogotá, 1986, pág. 7: " No obstante
que fue de lo primero que se descubrió de la
tierra firme de la América meridional, por nuestro
famoso almirante Colón, el Cabo de la Vela, y
provincia de Santa Marta, y que motivó el nombre
de este Reyno, aunque después pasado o aplicado
impropiamente a Panamá: descubiertos después
por el Mar del Norte el rico imperio de México
y con el del sur el poderoso del Perú, el valor,
y la codicia condujeron a aquellos la mayor parte de
las gentes, que venían de España a su
descubrimiento y conquista, sin hacer caso de este,
aunque no menos rico que los otros, por no haver en
él Reyno formal, como en ambos, y de una nación
unida: ni advertirse desde luego algún rastro
de lujo, legislación y policía, que excitase
la avaricia de los Conquistadores, a más del
deseo, y zelo de algunos de que extendiese el conocimiento
del verdadero Dios y la Religión Catholica."
[subrayado del autor].
La mayor
parte de las regiones que hoy conforman a Colombia se
encontraban habitadas por pueblos distintos y de diversos
orígenes, de los cuales la mayoría debe
ser clasificada y reclasificada de conformidad con los
trabajos arqueológicos y etnohistóricos
que en el futuro profundicen en esta parte de nuestro
pasado. El mapa primigenio, la localización de
culturas y poblaciones será dificil de reconstruir.
Éstos apenas si se encuentran mencionados por
los cronistas; pero fuera de su nombre y probable ubicación
poco más se conoce. A pesar de que algunos sobrevivieron
hasta nuestros días, casi todos desaparecieron
para siempre, sin dejar mayor rastro; y lo hicieron
esclavizados, consumidos en el trabajo de la minería
y las encomiendas o exterminados por las enfermedades
occidentales para las cuales no poseían anticuerpos.
Regiones como la actual Antioquia, Santander, Cauca,
Costa Atlántica y los Llanos Orientales conocieron
multitud de etnias cuyos restos quedaron, si mucho,
en la tradición popular. Tal vez resulten centenares
y quizá no se pueda intentar un inventario completo
de lo que fueron.
Leyendas
como la de La Gaitana, en el Huila, o la del cacique
chimila o tupe llamado Uniaymo, en Valledupar, que burló
por algún tiempo a los invasores peninsulares
[recordada cada año en los festivales de acordeón]
son dos ejemplos de ese acervo perdido.
No es nuestra
intención reproducir el gran número de
trabajos antropológicos existente sobre el pasado
precolombino ni mucho menos pretender aportar datos
o enfoques nuevos sobre el particular [razón
por la cual a ellos nos remitimos], pero sírvanos
recordar que teníamos [y tenemos] pueblos y culturas
pertenecientes a cuatro de las grandes familias lingüísticas
de Suramérica:
La ARAWAK, en la costa norte y en la llanura amazónica;
la CARIBE, igualmente en la costa norte, montañas
de Antioquia, Costa Pacífica, valle del Magdalena
y llanura amazónica; la CHIBCHA, en la cordillera
oriental, cordillera central y Sierra Nevada de Santa
Marta, con representantes en Centroamérica, el
Darién y Ecuador; y la QUECHUA, en el Macizo
Colombiano y Putumayo. A las que hay que agregar las
más pequeñas familias GUAHIBO, TUCANO,
SÁLIBA, WITOTO, BORA; idiomas y culturas inclasificados
como los MAKÚ, KAMSÁ, TICUNA, un representante
de los TUPI GUARANÍ y otras de discutible determinación,
en los Llanos Orientales y en la selva del Amazonas.
Muchas de
estas culturas tenían un bajo grado de desarrollo
social, denominado por los investigadores régimen
tribal, es decir, estadio de comunidad primitiva igualitaria,
con escasa producción material y organización
apenas indispensable para la supervivencia en la selva,
mayormente cazadores, recolectores o usuarios de una
agricultura rudimentaria.
Otras, especialmente en
las laderas andinas, conocían el cultivo del maíz,
se encontraban en una etapa de transición descrita
como de cacicazgos en los que se habían conformado
sociedades jerarquizadas, de algún modo divididas
en estratos, formas primitivas de división entre
privilegiados y pueblo, bajo el mando de un jefe o cacique,
y caracterizados por un tipo de poblamiento en aldeas
mayores rodeadas por aldeas dependientes.
Sólo
unos pocos habían superado las anteriores etapas
y estaban integrados socialmente en organizaciones más
grandes y complejas: federaciones y confederaciones
de tribus y cacicazgos que habían alcanzado o
estaban por alcanzar el carácter de pueblos.
De no mediar la intromisión del imperio español,
hubieran formado auténticas nacionalidades y
llegado a constituir verdaderos Estados, como estaba
a punto de acontecer en México y Perú.
Respecto de este proceso trunco dijo José Martí:
"Robaron los conquistadores una página al
universo."
Procedentes
de la gran región de las Guayanas, de la que
hacen parte hoy Guyana, Surinam, Guayana Francesa, Brasil
y Venezuela, los CARIBES arribaron a Colombia en dos
líneas principales de dispersión: el Amazonas
y, hacia el norte, siguiendo primero el río Orinoco,
el lago de Maracaibo y el río Catatumbo, la costa
que lleva su nombre. Parecen haberse asentado también
en el actual Chocó, las montañas antioqueñas,
Caldas, el Magdalena Medio y parte del Alto Magdalena.
Se suponen caribes, entre otros, los panches, muzos,
pijaos, quimbayas, carares y catíos; algunos,
por lo menos asimilados a aquellos. En el presente lo
son los carijona del Vaupés y los yuko de la
serranía del Perijá Poseían un
carácter aguerrido y belicoso, y estaban en probable
proceso de expansión, como lo prueban sus constantes
conflictos con las culturas limítrofes. Colón
mismo fue testigo del enfrentamiento caribe-arawak en
las Antillas: los taíno [arawak] temían
la agresividad de los karib o canima, a veces acompañada
de antropofagia, de donde nacieron el término
caníbal por deformación de canima, y la
leyenda negra del salvaje americano cuya supuesta maldad
congénita justificaría durante siglos
la esclavización y el genocidio sistemáticos.
Sobre este asunto leemos en la copia que fray Bartolomé
de Las Casas hizo del diario del primer viaje de Colón:
"... otra tierra o cabo que va también al
Leste, a quien aquellos indios que llevaban llamaban
Bohío, la cual dezían que era muy grande
y que avía en ella gente que tenía un
ojo en la frente, y otros que se llamaban caníbales,
a quienes mostraban tener gran miedo ... toda la gente
que hasta oy a hallado disque tiene grandíssimo
temor de los de Canima o Caniba."
Emparentados
con pueblos de Centroamérica, especialmente Costa
Rica, la familia CHIBCHA se hallaba situada a lo largo
de la cordillera oriental, comunicada desde la Sierra
Nevada de Santa Marta [los tairona] hasta la cordillera
central, en el Cauca, a través de culturas de
habla y costumbres de la misma filiación: hacaritamas,
guanes, muiscas y posiblemente paeces, en los santanderes,
la planicie cundiboyacense y el Tolima. Tal como los
taínos, los CHIBCHAS sufrían la arremetida
de los caribes, indudablemente cierta entre panches
y muiscas, así como entre paeces y coyaimas,
enfrentamientos que todavía recuerdan las minorías
étnicas supervivientes en el sur del Tolima.
Preciso es
mencionar que fueron chibchas las dos culturas fundamentales
del pasado aborigen de nuestro país: los taironas
de la Sierra Nevada de Santa Marta, y los muiscas de
la altiplanicie cundiboyacense. Fuera de los límites
actuales, también se consideran macro-chibchas
ciertos idiomas de Centroamérica [por ejemplo:
el cuna o tule] y algunos del Ecuador. A su vez, los
ARAWAK, habitantes de las Antillas, se habían
afincado tanto en la Costa Atlántica como en
el Amazonas. Al norte, son de esta familia los wayuu
colombo-venezolanos. En el sur permanecen los más
diversos: yucuna, piapoco, curripaco, achagua, tariano
y cabiyarí.
Por último, los QUECHUAS
de nuestro territorio fueron [y son] la avanzada norte
de la gran familia peruana, cuya influencia alcanzó
el actual departamento del Cauca, pasando por Nariño
y Putumayo, en el que son descendientes los inga. Y en
medio de todos ellos: un sinnúmero de culturas
y poblaciones distintas de difícil clasificación
y aún ubicación en el mapa histórico.
A grandes rasgos, pertenecientes a las grandes familias,
las siguientes fueron las principales, sin que pretendamos
descubrir lo ya descubierto y sabido:
Los Taironas
De
filiación CHIBCHA y procedencia no del todo clara.
Aún cuando muestran notorias similitudes con
los mayas, sobre todo en cerámica y orfebrería,
a lo cual contribuye la leyenda cogui actual [lo más
probable es que los cogui sean descendientes directos
de los taironas] relativa a una supuesta procedencia
suya de un país amenazado por el fuego en un
viaje que se remonta a 52 generaciones [el fuego, ¿volcanes?,
sugiere de inmediato a Centroamérica], bien pudiera
ser que se hubieran desarrollado independientemente
en la Sierra Nevada de Santa Marta desde tiempos muy
remotos y sean rama de una cultura más amplia
que abarcaría desde Costa Rica hasta la costa
venezolana, pasando por Panamá y Colombia. También
pudiera tratarse de la imbricación de culturas
mayoides sobre una base autóctona.
Vivieron
en las zonas bajas y medias de la parte costera y suroccidental
de la Sierra Nevada de Santa Marta. Fueron el primero
de los pueblos americanos importantes en ser invadido
por los españoles, en los inicios del siglo XVI.
Los cronistas ibéricos coinciden en que se trataba
de una sociedad desarrollada, con una población
densa de carácter urbano. Las excavaciones confirman
estos hechos y evidencian la existencia de más
de 200 poblados, algunos de los cuales pueden ser considerados
ciudades, en un territorio relativamente pequeño.
Agricultores
del maíz y pescadores, crearon una vasta red
de caminos empedrados que comunicaban todo su país.
Las aldeas estaban situadas casi siempre en laderas
montañosas de pendientes pronunciadas, con magníficos
muros de contención para evitar deslizamientos,
canales de desagüe abiertos y subterráneos,
terrazas de cultivo, espacios de uso público
y plazas ceremoniales que indican de manera necesaria
la existencia de una sociedad compleja.
Al arribo
de los conquistadores comenzaban a integrarse políticamente,
aunque de manera incipiente, en dos provincias: Betoma,
al occidente, en las cercanías de Santa marta,
y Tairona, al oriente, en los valles de los ríos
Buritaca, Don Diego y Palomino, según descripción
de los cronistas. Arqueólogos modernos prefieren,
no obstante, hablar de Bonda, en la zona plana y costera,
y Pocigüeica, en las estribaciones de los ríos
mencionados.
Su arquitectura,
bastante elaborada en cuanto se refiere a planeación
urbanística ya que no a la construcción
de templos y viviendas [si bien hacían cimientos
en piedra, las casas eran de troncos, bahareque y techo
de paja], y sus conocimientos agrícolas con eficaces
canales de regadío en las zonas secas, los convierten
en una cultura inteligente que supo aprovechar el entorno
de tal modo que no crearon desequilibrios en el medio
natural. Es diciente que cuando, por presión
de los invasores, abandonaron las partes baja y costera
de la sierra, la selva volvió a ocupar allí
su lugar y surgió una ancha franja de protección
que preservó a los supervivientes en lo alto
de las montañas.
Tuvieron un claro carácter
aguerrido que los enfrentó desde un comienzo a
los españoles y prolongó la agonía
de su casi desaparición durante un siglo entero.
Los conquistadores, aunque lograron exterminarlos en la
costa, persiguiéndolos a sangre y fuego, reprimiendo
su mundo religioso [como en otros lugares de América,
sus centros sagrados fueron considerados adoratorios diabólicos
y particularmente sus dioses murciélago tenidos
por ídolos satánicos], encarcelando y asesinando
a los naomas o sacerdotes, saqueando sus tesoros, jamás
pudieron acabarlos.
Sus posibles descendientes actuales, los cogui, ijka
o arhuaco, wiwa y cancuamo, preservan todavía
su viejo mundo espiritual, auténtica filosofía
y concepción religiosa integrales, producto de
una cultura de tradición milenaria, en las tierras
altas y frías de la Sierra Nevada. Como la totalidad
de los cacicazgos que sustituyeron a las sociedades
tribales selváticas, los taironas [así
como los muiscas y zenúes] aprovecharon diversos
entornos ecológicos; en su caso, en sentido vertical,
desde el nivel del mar hasta los climas templados y
fríos: fueron al mismo tiempo pescadores y productores
de sal y agricultores de ladera y, con bastante probabilidad,
también consideraron sagradas las lagunas y las
cumbres mayores de la sierra.
Su belicosidad,
como la de los chimilas con quienes colindaban en el
sur en los hoy departamentos de Magdalena y Cesar y
la de los wayuu, en la península de la Guajira,
constituye una excepción en la Costa Atlántica,
poblada en su mayoría por culturas menos agresivas.
Esta característica señalaría cierto
atraso social, en tanto fueron por lo regular los pueblos
selváticos y belicosos los que acabaron exterminados
como sucedió a los taironas, pero podríamos
pensar lo contrario al valorar su importante cultura
urbana, sus técnicas agrícolas, su depurada
cerámica y su orfebrería en pleno florecimiento.
Sin duda,
como hoy se piensa, el escaso territorio y la dificultad
del terreno montañoso retrasaron su integración
política, lo único que los coloca en desventaja
frente a los muiscas y no hace de ellos nuestra primera
cultura prehispánica. En otros aspectos, fueron
notoriamente superiores. En cuanto respecta al mundo
colombiano actual, los taironas no dejaron sino, de
una parte, huellas arqueológicas y, de otra,
supervivientes escasamente mestizados. Hablando rigurosamente,
su cultura no entró, ni ha entrado aún,
a formar parte directa del proceso de formación
de lo que pudiera denominarse cultura colombiana.
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