Las arqueólogas Clemencia Plazas, Ana María Falchetti, Juanita Sáenz Samper y Sonia Archila, en el libro La sociedad hidráulica zenú, colección bibliográfica del Banco de la República, Bogotá, 1993, pág. 12, plantean: "La evidencia que nos proporciona la cerámica, junto con los datos sobre el manejo hidráulico y patrones de poblamiento, señala que existió un cambio que se introduce dentro de un proceso continuo, sin rupturas ni sustituciones culturales. Parece que asistimos a una evolución de las poblaciones locales que continuaron realizando un manejo hidráulico de la zona, a la cual se añadió, lenta y progresivamente, una influencia foránea. Así lo sugiere una cerámica cuya tecnología y funcionalidad diferentes pueden expresar las necesidades de un grupo humano distinto. Las comunidades portadoras de la tradición cerámica Modelada Pintada que creemos identificar como pertenecientes a la etnia de los zenúes (Cap.III), posiblemente compartían con sus antecesores o heredaron de ellos el conocimiento de la tecnología para el manejo de inundaciones, continuaron la construcción de sistemas hidráulicos extensos y complejos y poblaron densamente la región dándole una nueva orientación al patrón de poblamiento..." Esta cultura puede ser descrita como anfibia y similar a la de los malibúes cercanos, en perfecta adaptación al medio físico de lagunas, ríos, canales, ciénagas y terrenos de cultivo creados por el hombre.
De su gastronomía sobrevive, entre otras, la costumbre del consumo de hicoteas, tortugas abundantes en los pantanos desecados estacionalmente, y de sus destrezas, el hábil uso de canoas en el trabajo. Aprovecharon a cabalidad la abundancia de peces y mamíferos acuáticos de la región, como muestran los muchos ejemplos zoomorfos de su magnífica orfebrería, una de las más destacadas de Colombia, al lado de la de los quimbayas y calimas.
No fueron exterminados, como aconteció a los taironas, sino que, como los muiscas, fueron mestizados al punto de que su identidad desapareció en la asimilación; sin embargo, sobrevive un pequeño grupo en el resguardo indígena de San Andrés de Sotavento, en el departamento de Córdoba, así como algunos asentamientos en Sucre, Antioquia y Chocó, en donde por desgracia no hablan su antiguo idioma.
Otros grupos
En calidad de cacicazgos simples, sin formación social de mayor entidad, de los cuales hubo numerosos en la Colombia anterior al Descubrimiento, conviene reseñar, por haber tenido algún relieve, la cultura guane de la región central del actual departamento de Santander, cercana a la de los muiscas con la cual los españoles llegaron a confundirlos y con quienes los muiscas mantenían relaciones estrechas y pacíficas. Igualmente, el conjunto de pueblos impropiamente denominados quimbaya y calima [cada uno era la agrupación de varios] asentados en la región central colombiana en los actuales departamentos de Quindío, Risaralda y Valle del Cauca, creadores de una finísima orfebrería que puede ser elevada, sin mayor discusión, a la condición de auténtico arte.
La llamada cultura agustiniana del sur del departamento del Huila, conocida en el mundo por su imponente estatuaria, ya era arqueológica en tiempos del Descubrimiento. Los conquistadores encontraron en las cercanías al pueblo quillacinga, pero al preguntarles por los autores de las estatuas se limitaron a responder "los antiguos". También era un misterio para ellos. Un caso semejante es el de la cultura tierradentro, cuyos hipogeos se hallan en actual territorio paéz.
EL APORTE HISPÁNICO
Es una verdad repetida que son tres las fuentes de nuestra cultura o, con más precisión, de nuestras culturas: la indígena americana, la española y la negra africana. Sin embargo, no se conoce suficientemente que cada una de esta fuentes era en sí misma otra diversidad. Ya hemos hecho referencia a que lo que conservamos de América indígena nos ha llegado de muchas vertientes: muiscas, zenúes, guanes, quimbayas, pocabuyes, taironas, calimas, etcétera, y aún lo estamos incorporando de las minorías étnicas que sobreviven. Lo que tenemos de negros no procede tampoco de un solo lugar, sino de muchos: Senegal, Costa de Marfil, las Guineas, Sierra Leona, Angola y otros del África ecuatorial.
De la misma manera, nuestra herencia de España no es una sino varia: Andalucía, Extremadura, Castilla, País Vasco, Asturias y demás. Tradicionalmente ha sido considerada la procedencia castellana como la determinante, sin duda por la circunstancia incontrovertible del uso de esta lengua que de dialecto de una zona reducida de la península se convirtió en idioma universal, pero se relega otra que ha sido tanto o más importante: la andaluza.
De lo andaluz nos viene lo árabe y a ello nos referimos en primer término. En este país cristiano por definición y occidental por vocación somos más árabes y hasta más musulmanes de lo que nos podría parecer y nos gustaría reconocer.
La España islámica.
Los musulmanes cruzaron las Columnas de Hércules, es decir, el estrecho que separa el Océano Atlántico del mar Mediterráneo y Europa de África, en el año 711 de nuestra era. Hoy conocemos este estrecho como Gibraltar en memoria del peñón de Tarik ben Ziyad, el jefe militar que, bajo las órdenes de Musa ben Nusayr, gobernador árabe del África del norte, penetró en la península por invitación de Julián, conde de Ceuta, visigodo que le pidió ayuda en su enfrentamiento con otro germano.
Desde entonces hasta 1492, cuando fue vencido el último territorio islámico, el reino nazarí de Granada, hubo una España que hablaba en la lengua de los hijos del desierto y se prosternaba cinco veces al día, orientando su genuflexión a La Meca. Fueron ocho siglos de dominio, mediados los cuales no hubo país más hermoso que Al Ándalus ni ciudad más bella que Córdoba. En tan larga permanencia se forjó la cultura del sur de España. Aportaron sus sabios a Occidente las obras olvidadas de los pensadores griegos, que fueron casi desconocidos durante el Medioevo o estuvieron relegados a las bibliotecas de las abadías. Paradójicamente, el aporte fundamental que significó el re-conocimiento de los antiguos filósofos fue realizado a través de estos infieles que consideraban paganos a los cristianos.
También entregaron a la lengua de Castilla un porcentaje léxico considerable, con muy conocidas palabras como alcalde, berenjena, laúd, arrabal, babuchas, cifra, guarismo, elíxir, jarabe, redoma, zanahoria, taza, azúcar y por lo menos otras cuatro mil de uso común que constituyen el tercer aporte en nuestro idioma, después del latín y del griego. Por supuesto, aportaron además una forma de ver y hacer, una visión de mundo, profundamente arraigada todavía, que hace parte del acervo hispánico y, por vía de lo andaluz, también de nuestro patrimonio. Los caminos y el modo de ingreso de este caudal fueron tres: los mozárabes, cristianos de habla romance que vivieron bajo dominio musulmán sin abandonar sus propias tierras, rindiendo tributo a los invasores pero conservando en buena medida su cultura, a la postre mestizada; los mudéjares, árabes y magrebíes en territorio de cristianos, el cual iba siendo ocupado en la Reconquista, y los mestizos, producto de la mezcla directa.
Apenas diez meses separan el descubrimiento de América del final de la guerra contra los musulmanes; esta coincidencia explica en parte nuestro destino cultural. El primer nombre que tuvo la región central andina de la actual Colombia, Nuevo Reino de Granada, es un indicio claro y en cierta forma un símbolo. La expulsión que siguió a la derrota de Boabdil, último rey granadino, lanzó a América 200 mil o quizá 300 mil islámicos árabes y norteafricanos a lo largo de un siglo. Otro número igual o mayor retornó al Magreb o se dirigió al Oriente Medio. Los musulmanes puros fueron, por cierto, una parte minoritaria del contingente humano de la Conquista y la Colonia, pero el resto lo constituyeron, sobre todo en los primeros tiempos, los andaluces, que eran los musulmanes traducidos en versión ibérica. No hay que olvidar que la América española de los comienzos era el Caribe: Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, las costas de Centroamérica, Colombia y Venezuela y ello hizo que este mar oficiara de receptáculo originario.
El idioma semita dejó de usarse, pero aportaron el alma. El resultado fue el principal ingrediente social y cultural del mundo Caribe, que acabaría cuajando definitivamente con la llegada de los negros. No es en modo alguno casual que el habla de esta parte de América se asemeje a la andaluza, que se comparta la costumbre de aspirar la ese y otras consonantes y se utilice el seseo, ni tampoco que el espíritu de extroversión y muchas formas de comportamiento resulten semejantes.
Lo anterior es sabido; hay, empero, otras influencias menos observadas: Una de ellas y no la menos importante es la existencia, extendida aún, de la poligamia. Costumbre ilegal [la legislaciones civil y eclesiástica la prohiben de manera expresa] pero evidentemente permitida. Sin duda, su procedencia es triple: andaluza, negra e indígena, y no estrictamente africana como se pudiera pensar a partir de su extensión y peso sociocultural en el continente negro. De haberlo sido, habría quedado circunscrita a los grupos venidos de África y a sus descendientes mulatos y zambos, pero la verdad es que existe de manera plena entre los blancos, como también existió en algunos grupos indígenas. Se trata de la pervivencia de esas concubinas llamadas barraganas por los árabes y que tuvieron curso legal en Andalucía durante la larguísima ocupación, conforme y al querer del Corán. Concubinas cuyo número dependía [y depende] de la capacidad para ser mantenidas por el hombre, a pesar de la monogamia cristiana dominante. El cristianismo ha condenado siempre su existencia, como pecado, pero la persistencia cultural es indoblegable: son las queridas, diferentes a las mujeres de la infidelidad ocasional, en tanto constituyen hogares establecidos, si bien paralelos al hogar oficial, y se les exige el mismo respeto y lealtad que a la esposa del matrimonio. De este fenómeno se alimenta la bastardía tradicional de las poblaciones americanas y colombianas en particular, que da lugar a resentimientos soterrados y vergonzantes que, por proyección sicológica, acaban asumiendo distinciones e hidalguías inexistentes y hasta monarquismos absurdos. Con una gran cordura, la legislación contemporánea ha terminado por reconocer la igualdad de los antes denominados hijos legítimos y los extramatrimoniales [una de las consecuencias de la poligamia] como también ha preferido considerar iguales, para ciertos efectos legales, a la esposa legítima y a la concubina o compañera.
Otra influencia hace relación a la particular concepción del tiempo y la religiosidad islámicas, transmitidas en alguna medida a nuestra cultura. Para el musulmán no existe un tiempo continuo y homogéneo como en el mundo occidental; hay instantes, separados como puntos, en una discontinuidad que tiene un orden, una sucesión querida por Dios, que Dios puede interrumpir en cualquier momento. Todo ocurre 'in sha Allah', si Dios quiere. De allí nuestro 'si Dios quiere' que habremos escuchado cuantas veces se nos escapan expresiones como "mañana haré tal cosa" y no falta quien repita, al escucharnos, si Dios quiere. Quizá de esta concepción provenga el sentido de la frase tener su cuarto de hora decidido y otorgado por Dios como una dádiva y referida, en lo más profundo, al sentimiento de los instantes separados, que no son iguales sino unos más importantes que otros. A lo mejor de allí, también, la idea a menudo latente, inexpresada, de esperar para los aconteceres y decisiones el momento preciso, el que habrá de venir por designio divino. Y, además, la característica cultural de que para nosotros, contrariamente al mundo anglosajón, el tiempo no es oro, puesto que no es un bien del cual podamos disponer, sino del cual dispone Dios, que hace con él lo que quiere sin que los seres humanos intervengan. La lengua ha conservado un frase antigua convertida en palabra: Ojalá [oj Alá], que es también si Dios quiere, pues sólo él puede disponer.
Se habla mucho, de otra parte, sobre la preponderancia de la prueba testimonial en nuestro sistema de derecho. En otras culturas, la prueba técnica prevalece; en nuestro caso, la prueba testimonial puede llegar a desvirtuar la técnica. Casi siempre son testimonios los que determinan la decisión de los jueces, no obstante que las leyes procedimentales indican numerosas pruebas de carácter científico. Pues bien, este predominio es de ascendencia semita, en términos generales, y particularmente árabe. Todavía en la actualidad, en los países musulmanes se debe indicar el comienzo del mes de Ramadán, mes del ayuno ritual diurno, según la aparición en el cielo de la luna que marca este noveno mes del calendario islámico. No debe calcularse por medios astronómicos ni matemáticos, como bien se pudiera, sino que es necesario constatar esta circunstancia mediante dos testigos presenciales que luego dan fe del instante cuando se produce el fenómeno natural. Otra vez aquí la especial concepción del tiempo, que es sucesión de instantes discontinuos queridos por Dios: podría Dios no haber deseado que saliera la luna ni que comenzara Ramadán.
En arquitectura, son árabes los patios viejos, esos patios extensos de las casa de pueblo, que tienen jardín delantero, patio central con aljibe y patio trasero o solar. También lo son los propios jardines, esenciales en el arte vivencial del hombre del desierto cuando encuentra la manera de construirlos y mantenerlos, introducidos a Europa a partir de España, inicialmente en las construcciones reales. Igualmente, los helechos colgantes, los materos, las enredaderas y las tejas de barro, que llamamos españolas pero que son de origen árabe.
En la poesía, el vínculo vuelve a hacerse profundo. El Corán prohibe la representación de lo sagrado mediante imágenes, del mismo modo como también lo hacen el teatro y la epopeya islámicas. En una cultura así, hecha mayormente de palabras, la poesía sirvió para todo y desplazó otros géneros, con excepción del cuento y la narración, que la incluyen, hasta el punto de que la novela no nació en el mundo árabe sino hasta el siglo XX. Muestras muy antiguas del idioma castellano se encuentran precisamente en las poesías árabe-andaluzas: las jarchas, coplillas en español primitivo, colocadas al final de las moaxajas, un tipo de poema en árabe. Quizá tan enorme importancia de lo poético y lo lírico sea una causa profunda de la abundancia de nuestra poesía y nuestros poetas, que ha hecho de Colombia el país con mayor número de presidentes versificadores en su historia política.
Relación directa plantea, y bien grande, la cocina arábiga en la culinaria que practicamos, tanto en el pasado como en la actualidad. Se sabe que tienen este origen el arte de la pastelería y de la fabricación de dulces, tan reivindicados como propios por cartageneros, caleños y santandereanos, aunque fueron introducidos hace más de mil años. Como también lo tienen las empanadas, hijas legítimas de los quibbes. En otros ámbitos, es bastante árabe la forma que adopta nuestra sensualidad, atribuida, como en tantos otros casos, sólo a la influencia de los negros.
Existe un dicho comúnmente repetido en Colombia: los judíos no son de ninguna parte en especial, están donde sus inversiones les son productivas; los árabes no, se integran y al cabo del tiempo se nacionalizan. Pareciera referirse este fenómeno a la diferencia entre árabes agradecidos frente a judíos prácticos, pero tiene más relación con otra cosa: los primeros se integran porque encuentran el terreno abonado, poseemos muchos elementos de su cultura. A finales del siglo XIX y comienzos del XX el país abrió tímidamente sus puertas a la inmigración, puertas que habían estado selladas por nuestra condición de cultura cerrada, casi autárquica. Aprovechando la apertura, comenzaron a llegar para quedarse extranjeros de procedencia distinta a la española. Los más numerosos fueron los sirio-libaneses, junto a un buen número de italianos del sur.
No eran los primeros muy diferentes a nosotros sino, en rigor, una nueva oleada de influencia árabe musulmana, sin que importara demasiado el que los que llegaban se declararan todos cristianos maronitas para facilitar el ingreso. Se acrecentó así este aporte, continuado a todo lo largo del siglo XX. Hoy, la comunidad de origen árabe en Colombia resulta difícil de contar. Buena parte de los políticos, comerciantes e industriales son de esta procedencia, y decenas de miles, si no centenares de miles, los que habitan dispersos por todo el país con mayor o menor grado de concentración.