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De
manera diferente a los anteriores, los antiguos habitantes
de las altiplanicies de Cundinamarca y Boyacá
pueden rastrearse en la pervivencia mestiza de su cultura,
visible de algún modo en usos y costumbres de
los campesinos y pueblerinos de esta vasta zona.
Los muiscas,
chibchas como los taironas, que sirvieron de medida
y comparación para su familia lingüística,
habitaban un auténtico país del tamaño
de algunos europeos. Su esfera de influencia comenzaba
al sur de la actual capital de Colombia, en Fusagasugá
y Pasca, rebasaba la sabana de Bogotá, la altiplanicie
de Tunja, Duitama y Sogamoso y alcanzaba, al norte,
las estribaciones bajas de otra Sierra Nevada, la del
Güicán o del Cocuy. Al occidente se extendía
hasta la hoya alta del río Suárez y al
este llegaba al borde de la vertiente llanera de la
Cordillera Oriental. Agricultores en lo fundamental,
cultivaron sobre todo la papa y otros tubérculos
de tierra fría, pero también el maíz.
En realidad aprovecharon diversos entornos ecológicos,
desde la altiplanicie y los páramos hasta las
tierras templadas y cálidas.
De manera
diferente a los anteriores, los antiguos habitantes
de las altiplanicies de Cundinamarca y Boyacá
pueden rastrearse en la pervivencia mestiza de su cultura,
visible de algún modo en usos y costumbres de
los campesinos y pueblerinos de esta vasta zona.
Los muiscas,
chibchas como los taironas, que sirvieron de medida
y comparación para su familia lingüística,
habitaban un auténtico país del tamaño
de algunos europeos. Su esfera de influencia comenzaba
al sur de la actual capital de Colombia, en Fusagasugá
y Pasca, rebasaba la sabana de Bogotá, la altiplanicie
de Tunja, Duitama y Sogamoso y alcanzaba, al norte,
las estribaciones bajas de otra Sierra Nevada, la del
Güicán o del Cocuy. Al occidente se extendía
hasta la hoya alta del río Suárez y al
este llegaba al borde de la vertiente llanera de la
Cordillera Oriental. Agricultores en lo fundamental,
cultivaron sobre todo la papa y otros tubérculos
de tierra fría, pero también el maíz.
En realidad aprovecharon diversos entornos ecológicos,
desde la altiplanicie y los páramos hasta las
tierras templadas y cálidas.
No obstante que antagonizaban
con los muzos y panches al occidente, en parte en lo que
hoy son las zonas esmeraldíferas, mantenían
al sur buenas relaciones con los sutagaos, al oriente
con los teguas y al norte con los laches y guanes. Tampoco
faltaron en su economía los productos de tierras
cálidas, provenientes de territorios bajo su influencia
en altitudes inferiores o canjeados con los pueblos de
los Llanos Orientales. Merece destacar su gran red comercial,
de la cual fueron quizá el componente principal:
productores de sal, tanto de mina como de manantiales,
extendieron el intercambio hasta zonas remotas del valle
del río Magdalena y de las montañas santandereanas;
algunos de sus artículos descendieron al lejano
Orinoco, mientras el oro llegaba a sus manos desde el
país tairona.
Pero si los
taironas crearon una cultura de pequeñas ciudades,
los muiscas fundaron otra de aldeas [pocas sobrepasaron
el centenar de casas] y de bohíos dispersos en
el campo. Los españoles notaron esta característica
que hoy confirma la evidencia arqueológica, así
como una costumbre que también la prueba: la
tendencia del campesino cundiboyacense a intercalar
campos de cultivo entre sus viviendas y a construir
tipos de vivienda temporal en sus campos de labranza.
Cuando los
conoció el conquistador Gonzalo Jiménez
de Quesada ostentaban cierta unidad política
no alcanzada por otro pueblo en lo que hoy es Colombia.
Existían dos grandes confederaciones de cacicazgos:
Bogotá-Guatavita, la más importante y
extensa y, en segundo lugar, Tunja-Ramiriquí.
De igual manera estaban nucleadas Duitama-Tobasía
y Sogamoso, aún cuando estas dos últimas
parecían depender de Tunja. Al noroeste subsistían
cacicazgos independientes: Moniquirá, Ráquira,
Sáchica, Suta, entre otros. Hoy resulta indiscutible
que se trataba de una sola etnia en proceso de unidad
política superior, fenómeno que fue interrumpido
por la invasión. El territorio muisca fue propicio
para ello en tanto existía una región
central homogénea que hubiera podido propiciarlo.
No poseían una sociedad de clases propiamente
dicha, persistían las uta y sybyn o parcialidades
menores que integraban los cacicazgos, pero era claramente
perceptible la existencia de una aristocracia [aunque
los cargos todavía se determinaban por elección
gentilicia, lo eran sólo entre ciertas familias]
y era evidente el poder de los jefes religiosos, que
hacían parte de una estructura a manera de iglesia
con seminarios, poblados sagrados [por ejemplo, Chiquinquirá],
lugares sagrados [numerosas lagunas, como Guatavita
y Tota] y algunos templos.
Los ibéricos
persiguieron con especial saña a estos jefes
religiosos o sacerdotes, impropiamente denominados con
el término de jeques [Cgques], dada su ascendencia
entre el pueblo y su capacidad para indisponerlo contra
los peninsulares. Oficiaban no sólo como chamanes
sino también como médicos y probablemente
maestros culturales, depositarios de la sabiduría
social, en lo que recuerdan de algún modo el
rol de los druidas celtas en Europa.
De manera
contraria a los taironas, no fueron un pueblo marcadamente
aguerrido, aunque habían desarrollado un ejército
que utilizaba lanzaderas y dardos a cambio de arcos
y flechas, tropa que había jugado su papel en
el proceso de unidad política como argumento
contra cacicazgos renuentes y ciertas tribus teguas
que parecían estarles sometidas. No fueron grandes
arquitectos ni urbanistas destacados, construyeron terrazas
de cultivo sólo en la escasa medida en que se
hacía necesario en una tierra plana, abundante
y fértil que no precisaba de excesivo laboreo,
y tampoco se les recuerda como hábiles orfebres,
pero tenían un sentido político evidente
y elaboradas normas jurídicas y morales, además
de una religión compleja, que nos los muestran
como el pueblo quizá más desarrollado
de la Colombia precolombina.
La grandeza
del mundo muisca no radica tanto en su cultura material,
en sus productos objetivados, como en su cultura espiritual,
o modo de actividad cultural específica, en parte
recogida por los cronistas y que es posible percibir
aún hoy como supervivencias en la población
mestiza de Cundinamarca y Boyacá; en saberes
agrícolas y artesanales, así como en la
prolongación de maneras de ser y de comportamientos
particulares que identifican a las gentes del altiplano.
Los Zenúes
La de los
habitantes aborígenes de las zonas bajas de los
ríos Sinú, San Jorge y Nechí en
la Costa Atlántica, constituye la tercera en
importancia de las culturas primitivas de Colombia.
No tenía el mismo grado de desarrollo que la
de los taironas o los muiscas, pero es muy probable
que consistiera en una forma no tan desarrollada de
federación de cacicazgos pues su integración
política y social estaba apenas en su forma inicial.
Como fuere, no constituían únicamente
cacicazgos de una etnia dispersa, sino el embrión
de una entidad mayor. Desafortunadamente, en este caso,
se cuenta con menos información que sobre muiscas
y taironas. Estaban divididos en tres regiones que probablemente
correspondían al mismo número de federaciones:
Finzenú, al norte, formada por el valle del río
Sinú y la costa, en la desembocadura del río
anterior en el golfo de Morrosquillo, que incluía
las subregiones de Catarapa y Mexión, fundamentalmente
habitada por pescadores y agricultores; Zenúfana,
al suroriente, en los ríos Cauca y Nechí,
conocida como tierra de productores de oro, y Panzenú,
al centro, en el valle del río San Jorge o Jegú,
constituida por agricultores y pescadores fluviales,
con las subregiones de Jegua y Yapé [Ayapel].
En términos
generales, los zenúes limitaban al norte con
los calamaríes, los chimilas y otros de menor
entidad; al oriente con los malibúes o pocabuyes,
en la depresión momposina, con quienes mostraban
grandes afinidades, y al sur con los catíos de
la actual Antioquia. Su viejo país se encontraba
repartido en lo que hoy son los departamentos de Córdoba,
Sucre y el sur del departamento de Bolívar.
Poco o nada
conocemos sobre la filiación de este pueblo antiguo,
pero es claro que no parecían pertenecer a los
caribes, arawak o chibchas. Acaso se trataba de un pueblo
autóctono de muy larga duración en su
zona de desarrollo, a juzgar por las señales
arqueológicas que indican semejanzas entre culturas
del primer milenio antes de nuestra era, presentes en
la misma región, y las que hallaron los españoles
en la zona en el siglo XVI. No eran combativos ni hábiles
en la guerra sino pacíficos y abiertos. Antes
que pensar en enfrentar las tropas del conquistador
Pedro de Heredia, intentaron un acercamiento amistoso
y negociaciones; solamente acudieron a las armas cuando
comprobaron hasta la saciedad la peligrosidad mortal
de los invasores. Este espíritu abierto y pacífico,
compartido con muchos otros pueblos costeros, parece
haber continuado en la manera de ser del mestizo costeño
del atlántico actual. De igual modo, han persistido
algunos de sus conocimientos aborígenes en cuanto
se refiere a adaptación al medio, costumbres,
hábitos, destrezas artesanales [el famoso sombrero
vueltiao de Córdoba y Sucre aparece en antiquísimas
figurillas de terracota] y hasta determinados aspectos
de su vida espiritual.
El sociólogo Orlando
Fals Borda, en su libro Resistencia en el San Jorge, páginas
35, 36 y 37B, Carlos Valencia Editores, Bogotá,
1986, escribe sobre ellos: "...no se tiene mucha
información sobre la sociedad y cultura zenú-malibú
establecida en el llamado reino de Panzenú, que
comprendía la cuenca del río Jegú
(Xegú), que los españoles bautizaron San
Jorge. Las crónicas de los padres Simón
y Aguado dan indicaciones rápidas sobre la existencia
de tres 'provincias' zenúes: Panzenú, Finzenú
y Zenúfana. Hablan de riquísimas sepulturas
indias de la región; la forma triangular de los
pueblos; la bella orfebrería; los cacicazgos masculinos
y femeninos; las creencias animistas y las herramientas
y formas principales de trabajo que distinguían
a estos grupos indígenas. (...) Se destaca el papel
equivalente al hombre que tenía la mujer zenú,
pues parece que no había discriminación
a favor de uno u otro sexo. (...) Las mujeres podían
llegar al cacicazgo y guerrear en caso necesario, aunque
estos indígenas, en general, daban la impresión
de haber construido su sociedad sobre bases filantrópicas
no violentas. (...) La cultura zenú debió
ser muy avanzada, si se juzga no sólo por los restos
arqueológicos y la calidad de su cerámica
y bella orfebrería, sino por los impresionantes
canales de riego y pesca y camellones de siembra que dejaron
sobre unas 200.000 hectáreas de la cuenca del río
Jegú, especialmente por los caños de Rabón,
Carate, Cuiba y San Matías, que fueron incluidos
después en el resguardo de Jegua (Xegua)."
Es de anotar
que el investigador Reichel-Dolmatoff considera los
referidos canales y diques como anteriores a los zenúes,
y piensa que no se les pueden atribuir ni están
asociados con población alguna reconocible, por
lo que debe tratarse de construcciones prehistóricas,
pero su posición parece no ser definitiva de
manera que, en caso de ser obra de los zenúes,
es evidente que fueron habilísimos conocedores
de técnicas hidráulicas, capaces de prevenir
y controlar inundaciones. Ello habría implicado
tanto la existencia de una población considerable
como un elevado grado de organización social,
suficientes para acometer empresas de tal envergadura.
Las
arqueólogas Clemencia Plazas, Ana María
Falchetti, Juanita Sáenz Samper y Sonia Archila,
en el libro La sociedad hidráulica zenú,
colección bibliográfica del Banco de la
República, Bogotá, 1993, pág. 12,
plantean: "La evidencia que nos proporciona la
cerámica, junto con los datos sobre el manejo
hidráulico y patrones de poblamiento, señala
que existió un cambio que se introduce dentro
de un proceso continuo, sin rupturas ni sustituciones
culturales. Parece que asistimos a una evolución
de las poblaciones locales que continuaron realizando
un manejo hidráulico de la zona, a la cual se
añadió, lenta y progresivamente, una influencia
foránea. Así lo sugiere una cerámica
cuya tecnología y funcionalidad diferentes pueden
expresar las necesidades de un grupo humano distinto.
Las comunidades portadoras de la tradición cerámica
Modelada Pintada que creemos identificar como pertenecientes
a la etnia de los zenúes (Cap.III), posiblemente
compartían con sus antecesores o heredaron de
ellos el conocimiento de la tecnología para el
manejo de inundaciones, continuaron la construcción
de sistemas hidráulicos extensos y complejos
y poblaron densamente la región dándole
una nueva orientación al patrón de poblamiento..."
Esta cultura puede ser descrita como anfibia y similar
a la de los malibúes cercanos, en perfecta adaptación
al medio físico de lagunas, ríos, canales,
ciénagas y terrenos de cultivo creados por el
hombre.
De su gastronomía
sobrevive, entre otras, la costumbre del consumo de
hicoteas, tortugas abundantes en los pantanos desecados
estacionalmente, y de sus destrezas, el hábil
uso de canoas en el trabajo. Aprovecharon a cabalidad
la abundancia de peces y mamíferos acuáticos
de la región, como muestran los muchos ejemplos
zoomorfos de su magnífica orfebrería,
una de las más destacadas de Colombia, al lado
de la de los quimbayas y calimas.
No fueron
exterminados, como aconteció a los taironas,
sino que, como los muiscas, fueron mestizados al punto
de que su identidad desapareció en la asimilación;
sin embargo, sobrevive un pequeño grupo en el
resguardo indígena de San Andrés de Sotavento,
en el departamento de Córdoba, así como
algunos asentamientos en Sucre, Antioquia y Chocó,
en donde por desgracia no hablan su antiguo idioma.
Otros grupos
En calidad de cacicazgos simples, sin formación
social de mayor entidad, de los cuales hubo numerosos
en la Colombia anterior al Descubrimiento, conviene
reseñar, por haber tenido algún relieve,
la cultura guane de la región central del actual
departamento de Santander, cercana a la de los muiscas
con la cual los españoles llegaron a confundirlos
y con quienes los muiscas mantenían relaciones
estrechas y pacíficas. Igualmente, el conjunto
de pueblos impropiamente denominados quimbaya y calima
[cada uno era la agrupación de varios] asentados
en la región central colombiana en los actuales
departamentos de Quindío, Risaralda y Valle del
Cauca, creadores de una finísima orfebrería
que puede ser elevada, sin mayor discusión, a
la condición de auténtico arte.
La llamada cultura agustiniana
del sur del departamento del Huila, conocida en el mundo
por su imponente estatuaria, ya era arqueológica
en tiempos del Descubrimiento. Los conquistadores encontraron
en las cercanías al pueblo quillacinga, pero al
preguntarles por los autores de las estatuas se limitaron
a responder "los antiguos". También era
un misterio para ellos. Un caso semejante es el de la
cultura tierradentro, cuyos hipogeos se hallan en actual
territorio paéz.
EL APORTE HISPÁNICO
Es una verdad repetida que son tres las fuentes de nuestra
cultura o, con más precisión, de nuestras
culturas: la indígena americana, la española
y la negra africana. Sin embargo, no se conoce suficientemente
que cada una de esta fuentes era en sí misma
otra diversidad. Ya hemos hecho referencia a que lo
que conservamos de América indígena nos
ha llegado de muchas vertientes: muiscas, zenúes,
guanes, quimbayas, pocabuyes, taironas, calimas, etcétera,
y aún lo estamos incorporando de las minorías
étnicas que sobreviven. Lo que tenemos de negros
no procede tampoco de un solo lugar, sino de muchos:
Senegal, Costa de Marfil, las Guineas, Sierra Leona,
Angola y otros del África ecuatorial.
De la misma
manera, nuestra herencia de España no es una
sino varia: Andalucía, Extremadura, Castilla,
País Vasco, Asturias y demás. Tradicionalmente
ha sido considerada la procedencia castellana como la
determinante, sin duda por la circunstancia incontrovertible
del uso de esta lengua que de dialecto de una zona reducida
de la península se convirtió en idioma
universal, pero se relega otra que ha sido tanto o más
importante: la andaluza.
De lo andaluz
nos viene lo árabe y a ello nos referimos en
primer término. En este país cristiano
por definición y occidental por vocación
somos más árabes y hasta más musulmanes
de lo que nos podría parecer y nos gustaría
reconocer.
La España islámica.
Los musulmanes cruzaron las Columnas de Hércules,
es decir, el estrecho que separa el Océano Atlántico
del mar Mediterráneo y Europa de África,
en el año 711 de nuestra era. Hoy conocemos este
estrecho como Gibraltar en memoria del peñón
de Tarik ben Ziyad, el jefe militar que, bajo las órdenes
de Musa ben Nusayr, gobernador árabe del África
del norte, penetró en la península por
invitación de Julián, conde de Ceuta,
visigodo que le pidió ayuda en su enfrentamiento
con otro germano.
Desde entonces
hasta 1492, cuando fue vencido el último territorio
islámico, el reino nazarí de Granada,
hubo una España que hablaba en la lengua de los
hijos del desierto y se prosternaba cinco veces al día,
orientando su genuflexión a La Meca. Fueron ocho
siglos de dominio, mediados los cuales no hubo país
más hermoso que Al Ándalus ni ciudad más
bella que Córdoba. En tan larga permanencia se
forjó la cultura del sur de España. Aportaron
sus sabios a Occidente las obras olvidadas de los pensadores
griegos, que fueron casi desconocidos durante el Medioevo
o estuvieron relegados a las bibliotecas de las abadías.
Paradójicamente, el aporte fundamental que significó
el re-conocimiento de los antiguos filósofos
fue realizado a través de estos infieles que
consideraban paganos a los cristianos.
También entregaron
a la lengua de Castilla un porcentaje léxico considerable,
con muy conocidas palabras como alcalde, berenjena, laúd,
arrabal, babuchas, cifra, guarismo, elíxir, jarabe,
redoma, zanahoria, taza, azúcar y por lo menos
otras cuatro mil de uso común que constituyen el
tercer aporte en nuestro idioma, después del latín
y del griego. Por supuesto, aportaron además una
forma de ver y hacer, una visión de mundo, profundamente
arraigada todavía, que hace parte del acervo hispánico
y, por vía de lo andaluz, también de nuestro
patrimonio. Los caminos y el modo de ingreso de este caudal
fueron tres: los mozárabes, cristianos de habla
romance que vivieron bajo dominio musulmán sin
abandonar sus propias tierras, rindiendo tributo a los
invasores pero conservando en buena medida su cultura,
a la postre mestizada; los mudéjares, árabes
y magrebíes en territorio de cristianos, el cual
iba siendo ocupado en la Reconquista, y los mestizos,
producto de la mezcla directa.
Apenas diez meses separan el descubrimiento de América
del final de la guerra contra los musulmanes; esta coincidencia
explica en parte nuestro destino cultural. El primer
nombre que tuvo la región central andina de la
actual Colombia, Nuevo Reino de Granada, es un indicio
claro y en cierta forma un símbolo. La expulsión
que siguió a la derrota de Boabdil, último
rey granadino, lanzó a América 200 mil
o quizá 300 mil islámicos árabes
y norteafricanos a lo largo de un siglo. Otro número
igual o mayor retornó al Magreb o se dirigió
al Oriente Medio. Los musulmanes puros fueron, por cierto,
una parte minoritaria del contingente humano de la Conquista
y la Colonia, pero el resto lo constituyeron, sobre
todo en los primeros tiempos, los andaluces, que eran
los musulmanes traducidos en versión ibérica.
No hay que olvidar que la América española
de los comienzos era el Caribe: Cuba, Santo Domingo,
Puerto Rico, las costas de Centroamérica, Colombia
y Venezuela y ello hizo que este mar oficiara de receptáculo
originario.
El idioma
semita dejó de usarse, pero aportaron el alma.
El resultado fue el principal ingrediente social y cultural
del mundo Caribe, que acabaría cuajando definitivamente
con la llegada de los negros. No es en modo alguno casual
que el habla de esta parte de América se asemeje
a la andaluza, que se comparta la costumbre de aspirar
la ese y otras consonantes y se utilice el seseo, ni
tampoco que el espíritu de extroversión
y muchas formas de comportamiento resulten semejantes.
Lo anterior
es sabido; hay, empero, otras influencias menos observadas:
Una de ellas y no la menos importante es la existencia,
extendida aún, de la poligamia. Costumbre ilegal
[la legislaciones civil y eclesiástica la prohiben
de manera expresa] pero evidentemente permitida. Sin
duda, su procedencia es triple: andaluza, negra e indígena,
y no estrictamente africana como se pudiera pensar a
partir de su extensión y peso sociocultural en
el continente negro. De haberlo sido, habría
quedado circunscrita a los grupos venidos de África
y a sus descendientes mulatos y zambos, pero la verdad
es que existe de manera plena entre los blancos, como
también existió en algunos grupos indígenas.
Se trata de la pervivencia de esas concubinas llamadas
barraganas por los árabes y que tuvieron curso
legal en Andalucía durante la larguísima
ocupación, conforme y al querer del Corán.
Concubinas cuyo número dependía [y depende]
de la capacidad para ser mantenidas por el hombre, a
pesar de la monogamia cristiana dominante. El cristianismo
ha condenado siempre su existencia, como pecado, pero
la persistencia cultural es indoblegable: son las queridas,
diferentes a las mujeres de la infidelidad ocasional,
en tanto constituyen hogares establecidos, si bien paralelos
al hogar oficial, y se les exige el mismo respeto y
lealtad que a la esposa del matrimonio. De este fenómeno
se alimenta la bastardía tradicional de las poblaciones
americanas y colombianas en particular, que da lugar
a resentimientos soterrados y vergonzantes que, por
proyección sicológica, acaban asumiendo
distinciones e hidalguías inexistentes y hasta
monarquismos absurdos. Con una gran cordura, la legislación
contemporánea ha terminado por reconocer la igualdad
de los antes denominados hijos legítimos y los
extramatrimoniales [una de las consecuencias de la poligamia]
como también ha preferido considerar iguales,
para ciertos efectos legales, a la esposa legítima
y a la concubina o compañera.
Otra influencia hace relación
a la particular concepción del tiempo y la religiosidad
islámicas, transmitidas en alguna medida a nuestra
cultura. Para el musulmán no existe un tiempo continuo
y homogéneo como en el mundo occidental; hay instantes,
separados como puntos, en una discontinuidad que tiene
un orden, una sucesión querida por Dios, que Dios
puede interrumpir en cualquier momento. Todo ocurre 'in
sha Allah', si Dios quiere. De allí nuestro 'si
Dios quiere' que habremos escuchado cuantas veces se nos
escapan expresiones como "mañana haré
tal cosa" y no falta quien repita, al escucharnos,
si Dios quiere. Quizá de esta concepción
provenga el sentido de la frase tener su cuarto de hora
decidido y otorgado por Dios como una dádiva y
referida, en lo más profundo, al sentimiento de
los instantes separados, que no son iguales sino unos
más importantes que otros. A lo mejor de allí,
también, la idea a menudo latente, inexpresada,
de esperar para los aconteceres y decisiones el momento
preciso, el que habrá de venir por designio divino.
Y, además, la característica cultural de
que para nosotros, contrariamente al mundo anglosajón,
el tiempo no es oro, puesto que no es un bien del cual
podamos disponer, sino del cual dispone Dios, que hace
con él lo que quiere sin que los seres humanos
intervengan. La lengua ha conservado un frase antigua
convertida en palabra: Ojalá [oj Alá], que
es también si Dios quiere, pues sólo él
puede disponer.
Se habla mucho, de otra parte, sobre la preponderancia
de la prueba testimonial en nuestro sistema de derecho.
En otras culturas, la prueba técnica prevalece;
en nuestro caso, la prueba testimonial puede llegar
a desvirtuar la técnica. Casi siempre son testimonios
los que determinan la decisión de los jueces,
no obstante que las leyes procedimentales indican numerosas
pruebas de carácter científico. Pues bien,
este predominio es de ascendencia semita, en términos
generales, y particularmente árabe. Todavía
en la actualidad, en los países musulmanes se
debe indicar el comienzo del mes de Ramadán,
mes del ayuno ritual diurno, según la aparición
en el cielo de la luna que marca este noveno mes del
calendario islámico. No debe calcularse por medios
astronómicos ni matemáticos, como bien
se pudiera, sino que es necesario constatar esta circunstancia
mediante dos testigos presenciales que luego dan fe
del instante cuando se produce el fenómeno natural.
Otra vez aquí la especial concepción del
tiempo, que es sucesión de instantes discontinuos
queridos por Dios: podría Dios no haber deseado
que saliera la luna ni que comenzara Ramadán.
En arquitectura,
son árabes los patios viejos, esos patios extensos
de las casa de pueblo, que tienen jardín delantero,
patio central con aljibe y patio trasero o solar. También
lo son los propios jardines, esenciales en el arte vivencial
del hombre del desierto cuando encuentra la manera de
construirlos y mantenerlos, introducidos a Europa a
partir de España, inicialmente en las construcciones
reales. Igualmente, los helechos colgantes, los materos,
las enredaderas y las tejas de barro, que llamamos españolas
pero que son de origen árabe.
En la poesía,
el vínculo vuelve a hacerse profundo. El Corán
prohibe la representación de lo sagrado mediante
imágenes, del mismo modo como también
lo hacen el teatro y la epopeya islámicas. En
una cultura así, hecha mayormente de palabras,
la poesía sirvió para todo y desplazó
otros géneros, con excepción del cuento
y la narración, que la incluyen, hasta el punto
de que la novela no nació en el mundo árabe
sino hasta el siglo XX. Muestras muy antiguas del idioma
castellano se encuentran precisamente en las poesías
árabe-andaluzas: las jarchas, coplillas en español
primitivo, colocadas al final de las moaxajas, un tipo
de poema en árabe. Quizá tan enorme importancia
de lo poético y lo lírico sea una causa
profunda de la abundancia de nuestra poesía y
nuestros poetas, que ha hecho de Colombia el país
con mayor número de presidentes versificadores
en su historia política.
Relación
directa plantea, y bien grande, la cocina arábiga
en la culinaria que practicamos, tanto en el pasado
como en la actualidad. Se sabe que tienen este origen
el arte de la pastelería y de la fabricación
de dulces, tan reivindicados como propios por cartageneros,
caleños y santandereanos, aunque fueron introducidos
hace más de mil años. Como también
lo tienen las empanadas, hijas legítimas de los
quibbes. En otros ámbitos, es bastante árabe
la forma que adopta nuestra sensualidad, atribuida,
como en tantos otros casos, sólo a la influencia
de los negros.
Existe un
dicho comúnmente repetido en Colombia: los judíos
no son de ninguna parte en especial, están donde
sus inversiones les son productivas; los árabes
no, se integran y al cabo del tiempo se nacionalizan.
Pareciera referirse este fenómeno a la diferencia
entre árabes agradecidos frente a judíos
prácticos, pero tiene más relación
con otra cosa: los primeros se integran porque encuentran
el terreno abonado, poseemos muchos elementos de su
cultura. A finales del siglo XIX y comienzos del XX
el país abrió tímidamente sus puertas
a la inmigración, puertas que habían estado
selladas por nuestra condición de cultura cerrada,
casi autárquica. Aprovechando la apertura, comenzaron
a llegar para quedarse extranjeros de procedencia distinta
a la española. Los más numerosos fueron
los sirio-libaneses, junto a un buen número de
italianos del sur.
No eran los
primeros muy diferentes a nosotros sino, en rigor, una
nueva oleada de influencia árabe musulmana, sin
que importara demasiado el que los que llegaban se declararan
todos cristianos maronitas para facilitar el ingreso.
Se acrecentó así este aporte, continuado
a todo lo largo del siglo XX. Hoy, la comunidad de origen
árabe en Colombia resulta difícil de contar.
Buena parte de los políticos, comerciantes e
industriales son de esta procedencia, y decenas de miles,
si no centenares de miles, los que habitan dispersos
por todo el país con mayor o menor grado de concentración.
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