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Si
ha sido poco reconocido en sus intimidades el
aporte andaluz y musulmán, de la vertiente
vascuence se ha hablado algo más. Sobre
todo por lo evidente en Antioquia, aunque su estudio
no se haya profundizado. Sin embargo, es notorio
lo que tuvieron que ver los vascongados en la
formación de Colombia.
Quien
haya escuchado con detenimiento ambos tipos de
ritmo musical sabrá del parentesco que
tiene uno de nuestros aires emblemáticos,
el bambuco, con el tzorzico vasco. Por supuesto,
no son idénticos y el nuestro posee elementos
negros, pero las semejanzas son evidentes. Del
mismo modo, son identificables el uso de la boina
vasca entre los paisas y el mismo espíritu
orgulloso y enaltecedor del trabajo duro, identificador
de la propia particularidad, que no fue precisamente
característica de andaluces o castellanos.
Las
provincias vascongadas que hoy constituyen la
autonomía de Euskadi, reconocida en la
contemporánea Constitución Política
Española, estuvieron en el pasado bajo
la influencia del Reino de Navarra, Estado que
sobrevivió como entidad independiente hasta
principios del siglo XVI, por lo que su final
coincidió con los primeros tiempos de la
Conquista americana. Los euskaldunak habitaban
en tiempos remotos y habitan todavía la
esquina norte del mapa de España, en el
golfo de Vizcaya del mar Cantábrico, limítrofe
con Francia, y se extienden más allá,
dentro del país galo. Hacen parte de su
territorio las provincias españolas de
Álava, Vizcaya y Guipúzcoa y los
departamentos franceses de Bayona, Labourde y
Baja Navarra. También viven vascos en el
norte de Navarra. Desde el final del reino navarro
hasta nuestros días, los euskaldunak han
visto su dividido territorio y pertenecer a países
que le son ajenos, pero jamás han abandonado
[al menos los más radicales] la vieja pretensión
nacional de constituir su propio Estado, totalmente
independiente. Se ha especulado sobre su supuesta
procedencia y hasta se ha encontrado proximidad
con otros de Europa y Asia, incluyendo nacionalidades
del Cáucaso. Hay quien los considera descendientes
directos de los iberos. Respecto de su lengua,
se ha creído hallar coincidencias con idiomas
tan lejanos como el quechua o el japonés.
Sin embargo, tal parece que no hay otra realidad
distinta que la de que se trata de un pueblo autóctono
que nació, se desarrolló y permanece
en su país originario o en sus cercanías,
desde épocas prehistóricas.
Ni
en las leyendas vascas ni en otras de Europa existen
indicios o evidencias que señalen que los
vascos provienen de una patria distinta a la que
habitan. A su vez, la arqueología corrobora
una larguísima continuidad en los mismos
sitios de asentamiento, la cual podría
remontarse al neolítico o al paleolítico.
Su lengua, el euskera, que no está emparentada
con ninguna otra, si exceptuamos similitudes puramente
casuales, como que en vasco padre se dice aita
y en quechua taita y que en japonés agua
se dice ura y en vasco ur, es claramente pre indoeuropea,
con vocablos tan primitivos como aitzkora [hacha]
que tiene como raíz aitz [piedra] y demuestra
remontarse a tiempos anteriores al empleo de los
metales, en una utilización continua.
Pueblo único
y original respecto del cual la Historia registra
poquísimas dominaciones directas, no sufrieron
influencia de los celtas [como si le ocurrió
a Cántabros y Astures], ni de los romanos
[aunque perdieron su Iruña-Pamplona y debieron
replegarse al Cantábrico], ni de los visigodos,
ni de los francos [fueron ellos, por el contrario,
los que derrotaron el ejército de Carlomagno,
acaudillado por Roldán, en Roncesvalles],
ni por los árabes, a los cuales siempre hostigaron
junto a los asturianos, con quienes hicieron causa
común. Sólo en época del Renacimiento,
la corona unificada de Castilla y Aragón
los avasalló, aunque reconociendo respeto
por sus fueros. Y sólo durante el franquismo,
la España moderna los lesionó gravemente,
pero sin poder exterminar el movimiento separatista.
Reasumida la democracia, hoy vuelven a ser autónomos
y el euskera torna a ser enseñado en las
escuelas.
Laboriosos e independientes, pero también
marineros hábiles por su cercanía
a las costas, poseen un territorio montañoso
donde han desarrollado desde siempre trabajos
de minería y pastoreo, inmersos en su cultura
original sin dejar de estar vinculados al resto
de Europa, lo que les permitió [como también
a Cataluña, vecina de Francia] un cierto
desarrollo industrial que no poseyó ninguna
otra región del imperio.
En
los primeros siglos de la colonización
de América no aportaron considerables contingentes
a la emigración al Nuevo Mundo, a pesar
de que Juan de Lakotsa y Pedro de Ursúa,
como también Lope de Aguirre fueran oriundos
de esta zona. Muy débil al comienzo, a
partir del siglo XVII aumentó el acceso
vascuence a América y a la Nueva Granada.
Es conocido, por ejemplo, su asentamiento en tierras
antioqueñas. Aunque no de manera abrumadora,
sí en cantidad suficiente como para determinar
características propias de esta región.
De ello dan fe, además de una parte del
carácter paisa, los numerosos apellidos
como Uribe, Arango, Zabala, Aristizábal,
Echeverri, Zabaleta, Bedoya y otros muchos que
son indicadores de este ascendiente. Por supuesto
que sólo ellos, por sí mismos, no
son prueba suficiente en tanto algunos estaban
ya asentados en la planicie castellana y aún
en Andalucía desde antes del descubrimiento,
pero así y todo muestran antecedente vasco
y, de otra parte, la profusión en Antioquia
está por encima del promedio estadístico
atribuible a la simple distribución casual
de apellidos asimilados.
Es
posible, así mismo, que el tradicionalismo
ancestral vascuence, al que se han visto obligados
por su necesidad de preservarse como nacionalidad
minoritaria ante españoles y franceses,
haya influido en la cultura paisa que muestra
características también tradicionales
y regionalistas. Es atrayente, de igual manera,
pensar que el papel preponderante de la madre
o matrona en la familia antioqueña tenga
que ver con el similar papel sociocultural que
la mujer ha jugado entre los vascos, y que la
peculiar importancia de la casa solariega en Antioquia
sea una tradición que guarda ecos de la
etxe [casa] vascongada, de donde proceden apelativos
como Etxeberri [Echeverri] o Goyenetxe [Goyeneche],
casa a la cual se sienten pertenecer los vascos
más que ella ser de su propiedad.
Rudos
y fuertes, amigos del trabajo físico y
de los juegos de fuerza y destreza, como levantar
de un extremo grandes troncos, serrar árboles,
lanzar piedras enormes y pesadas o hacer rebotar
rápidamente pelotas de cuero contra un
muro [el jai alai], son ellos los abuelos reales
de quienes han creado la condecoración
del arriero que otorgan en Medellín y los
inspiradores subterráneos del monumento
al hacha, taladora, que fue erigido en el Quindío.
Tal como los euskaldunak, los antioqueños
tienen un carácter integrador en lo económico,
anti aristocrático y práctico, impropio
de castellanos ennoblecidos o dejaos andaluces,
respecto del cual María Teresa Uribe y
Jesús María Alvarez señalan
en su libro Poderes y regiones: problemas en la
constitución de la nación colombiana,
1810-1850, U. de Antioquia, Medellín, 1987,
págs. 54 y 55: "Los criollos blancos
en Antioquia no tuvieron escrúpulos de
ninguna clase en asociarse con pequeños
y medianos mineros, mulatos, negros o mestizos,
o con pulperos y pequeños comerciantes
locales, en suma, con gentes del común
(...) Su situación de dominación
y control político no se reforzó
sobre prácticas diferenciadoras sino sobre
prácticas integradoras que a la postre
lograron una mayor eficiencia." Valga aclarar,
empero, que estas prácticas operaron y
operan al interior de ellos mismos, pues son algo
renuentes a integrarse con gentes de otras regiones.
Con
los siglos, los vascos de la península
ibérica perdieron su primitiva religión
[de todos modos recordada en las leyendas] y se
convirtieron al cristianismo, pero lo hicieron
a su modo, es decir, a un cristianismo popular
y directo, alejado de las jerarquías; y
si bien el catolicismo sirvió al resto
de españoles como diferenciación
ideológica respecto de los musulmanes,
adquirió entre los vascos un cierto sabor
nacional.
Quizá sea el
mismo cristianismo popular y barrial de los paisas,
fuente de nombres bíblicos de poblaciones
como Betania, Jericó y otras cuyo número
ha dado origen a una supuesta ascendencia hebrea.
La influencia judía existe, pero no tiene
carácter predominante. La vocación
de comerciantes de los paisas puede ser también
árabe-andaluza y no es creíble que
de provenir los antioqueños de troncos judíos
no hayan existido allí las sinagogas en tiempos
posteriores al dominio colonial, ni siquiera cuando
se proclamó, precisamente en Rionegro en
1863, la más completa libertad de cultos.
Numerosos apellidos vascos hay en otras regiones
colombianas: Ibarra, Zamudio, Gamboa, Esparza, Ibáñez,
Arteaga, Esguerra, etc. pero nunca fueron tantos
en un espacio tan delimitado como en Antioquia,
sobre todo si tomamos en cuenta la escasa población
en tiempos coloniales.
Los judíos
En
su diáspora, los israelitas llegaron tempranamente
a España, pero es casi seguro que la mayor
parte de ellos arribó en el siglo VIII
junto a los árabes y magrebíes que
fundaron Al Ándalus. Con ellos vivieron
su momento de esplendor durante el transigente
califato de Córdoba y luego, durante el
reinado de Alfonso X, El Sabio, que convocó
a unos y a otros a Toledo para que aportaran conocimientos
como filósofos y traductores en su corte
ilustrada. De igual manera, al lado de los musulmanes
acabaron por ser definitivamente expulsados de
Castilla-Aragón en el siglo XV.
Durante
su permanencia en la península, la situación
de los hebreos fue cambiante. Caracterizada, como
en toda Europa medieval, por persecuciones, pero
aquí más a menudo con un carácter
francamente favorable. Sefarad, como denominaron
a España en su idioma, parece haber sido
un país especial en cuanto a ellos se refiere.
Largo tiempo tolerados y aún aceptados
socialmente, no han dejado de añorar esta
procedencia, entre las muchas suyas, al punto
de que acabaron preservando, como habían
hecho con su lenguaje bíblico, un castellano
antiguo que todavía es de uso en numerosas
comunidades.
No
obstante, en la medida en que los árabes
fueron siendo derrotados por los cristianos de
la Reconquista y aún cuando los judíos
alguna vez obraron como aliados minoritarios de
éstos, con el tiempo resultaron compartiendo
la misma situación de los islámicos:
obligados a apostatar de su fe si no querían
morir quemados y, finalmente, expulsados del país.
Abjuraron muchos y se asimilaron a los demás
españoles, así fuera con el sambenito
de cristianos nuevos, pero otros renegaron sólo
en apariencia y siguieron siendo judíos
en secreto. Marranos los denominaron los cristianos,
por alusión insultante a la prohibición
judaica de consumir carne de cerdo y por el sentido
despectivo de la palabra misma.
Al
final de una larga cadena de persecuciones e intensificados
los tiempos aciagos de la Inquisición,
los hebreos profesos y confesos fueron definitivamente
desterrados el 30 de marzo de 1492, meses antes
del Descubrimiento americano. Quedaron los conversos
y los judíos secretos o marranos pero éstos,
también perseguidos con fiereza, terminaron
escapando por diversas vías, sobre todo
Portugal, hacia lugares de Europa más propicios,
hacia el norte de África y, algunos cuantos,
hacia América.
Los que se instalaron
en Europa, especialmente en los Balcanes, pero también
en Italia e Inglaterra, así como en las costas
magrebíes del norte africano al borde del
Mediterráneo, son conocidos como sefarditas
precisamente por su procedencia de Sefarad o España.
Los que viajaron al Nuevo Mundo no lo hicieron en
gran número, casi todos procedentes de Portugal,
entre ellos los pocos que llegaron a Antioquia,
entonces región de minería del oro.
Lo prueban [mismo caso de los vascos] ciertos apellidos,
especialmente de origen lusitano: Cardoso, Espinosa,
Rodrígues, Péres, Sánches,
Lópes [todos sin la zeta], Nieto, Vidal,
Lobo, Senior, Santa, Santamaría, De La Calle
y otros más. De los llegados al actual territorio
de Colombia, por lo menos cincuenta fueron juzgados
por la Santa Inquisición en Cartagena de
Indias, acusados de judaizantes, cargo tanto o más
grave que el de brujo o hereje, y cinco de ellos
fueron quemados a la vista del público. Los
demás permanecieron en el país, indetectados
pero quizá también asimilados y sólo
en calidad de minoría, como les ocurre en
todo el mundo, con excepción del actual Israel.
En buena medida, sin embargo, haciendo parte de
las castas dirigentes.
Los castellanos
Cuando
se produjo el Descubrimiento eran los castellanos
el núcleo fundamental del que sería
poco tiempo después uno de los imperios
más extensos que ha conocido la Historia.
La unión de Castilla y Aragón-Cataluña
fue el comienzo del proceso. Como núcleo,
asumieron la conquista y la transformación
del Nuevo Mundo, acomodándolas a sus intereses.
Con ellos arribaron andaluces, extremeños,
leoneses, pero en tanto hacían parte, políticamente,
del reino de Castilla; en los primerísimos
tiempos, los mismos aragoneses [y catalanes que
pertenecían a Aragón] fueron considerados
extranjeros en América.
En
cuanto a cultura se refiere, los castellanos impusieron
su idioma que, en el lapso de unos pocos siglos,
se convirtió en una de las lenguas universales
y, por supuesto, en nuestra lengua. También
trajeron el judeo-cristianismo, sus propias tradiciones
y costumbres, su concepción política,
ideológica y administrativa y el modelo
centralista que tan exitosamente habían
instalado en la península. Dominantes en
España, marcarían con su sello la
empresa americana. Estos oriundos de Castilla
se asentaron a lo largo y ancho de la Nueva Granada,
pero no fueron la fuerza absolutamente predominante
ni se repartieron de manera igualitaria por el
territorio. Sólo consiguieron ser la influencia
cultural fundamental en la zona andina, entonces
y ahora la más habitable y la que ofrecía
mejores condiciones climáticas: en la cordillera
oriental [Santanderes, Boyacá y Cundinamarca]
y en la región montañosa suroccidental
[Huila, Cauca, Valle del Cauca y Nariño],
precisamente donde se encontraba la población
aborigen con mayor grado de desarrollo socio-político,
es decir, los cacicazgos agricultores de ladera,
especialmente del maíz, más avanzados
que las culturas tribales, de selva, y donde también
había florecido la cultura muisca. En territorio
de esta última se levantaría la
capital del país. Además, en esta
enorme zona castellana surgiría una paradoja:
creció el mayor número de blancos,
sin mezcla, y al mismo tiempo la mayor cantidad
de mestizos. Sólo en el Cauca y en Nariño
siguieron subsistiendo grupos indígenas
puros.
A pesar
de que la Sierra Nevada de Santa Marta fue descubierta
mucho antes que el interior y de que también
posee regiones templadas y frías de conformidad
con la altitud, es una zona quebrada, sin ninguna
planicie, que luego de derrotados los taironas
volvió a convertirse en selva. Antioquia,
por su parte, fue durante siglos una región
minera alejada, sin mayor desarrollo, también
quebrada en extremo y difícil de habitar.
Por ello, los castellanos prefirieron con razón
la alta sabana cundiboyacense y las mesetas templadas;
luego colonizaron las zonas aledañas, como
los santanderes y el Huila, pero ya cuando otras
procedencias hispánicas predominaban en
el resto del país. Sin embargo, por conquista
y fuerza de un mundo cultural que definía
lo hispánico en tiempos imperiales, nuestra
cultura marco es en esencia castellana.
¿Cuál
fue ese mundo? En primer lugar, el del idioma
castellano. A lo largo de la Reconquista la lengua
de Castilla se expandió de su reducto originario
en Burgos hasta la mayor parte de la península,
avasallando y dominando a otros dialectos romances
como los mozárabes y el leonés.
Y en virtud de que la Reconquista fue seguida
por el Descubrimiento, su dinámica expansiva
se extendió al Nuevo Mundo, mucho mayor
que la Europa total. De este modo, fue el idioma
de la Conquista y la Colonia y es nuestra lengua
contemporánea. Al comienzo fue el lenguaje
de los invasores, impuesto a los aborígenes
y a los negros esclavos; más tarde, por
razón de los hechos, siguió su propio
camino.
Los hispanohablantes
comprendemos mutuamente el idioma que hablamos,
pero no es exactamente el mismo en todas partes;
las academias de la lengua en cada país han
tenido que reconocer la existencia de miles de americanismos
y particularidades. La prohibición de la
corona, empeñada en separar culturalmente
a América, añadida a la enorme lejanía
de Europa y, sobre todo, el mestizaje hicieron del
castellano también nuestro propio castellano.
En el presente, existen variedades antes inimaginables,
como los spanglish en Norteamérica: chicano
y neoyorquino; el papiamento de Aruba y Curazao,
de base hispánica, con palabras y giros holandeses
y portugueses, y numerosas formas dialectales en
toda América, África y Filipinas,
aunque en este último caso se hayan reducido
dramáticamente.
En
segundo lugar, con los conquistadores y colonizadores
castellanos arribó también el judeo-cristianismo,
pero no el imperante en la mayor parte de Occidente,
sino otro, con el espíritu militante, a
ultranza, de un país que permaneció
durante siglos en lucha contra los musulmanes
y sentía la religión como cruzada,
pues operaba en calidad de ideología política
y militar. No fue el cristianismo abierto y luminoso
de Francisco de Asís sino el sombrío,
austero, lleno de prohibiciones y normas rígidas
de San Juan de la Cruz e Ignacio de Loyola. El
hispanista francés Bartolomé Bennassar,
en su libro L'homme espagnol, Hachette, París,
1975, págs. 78 y 79 escribió alguna
vez: "Durante la aventura multisecular de
la Reconquista, el cristianismo español
se había impregnado profundamente del espíritu
de cruzada. Así, uno de los atributos del
patrón de España, Santiago el Mayor,
es el de 'matamoros', y como tal lo ha representado
la iconografía santiaguista (...) La Orden
Militar de Santiago se afirma como la más
importante del país, el mito santiaguista
se convierte en una de las armas de las tropas
españolas y, sobre todo, en un instrumento
para la conquista americana. Los grandes cronistas
de Indias, como Bernal Días del Castillo,
a propósito de México, o Pedro Cieza
de León, para el Perú, lo invocan
de continuo y, desde 1518, comienzo de la conquista,
hasta 1892, se señalarían trece
apariciones milagrosas de Santiago montado sobre
un caballo blanco...".
De
esta manera, la religión sería la
portadora del convencimiento tan arraigado de
que el trabajo es un castigo impuesto a Adán
en el paraíso y legado a nosotros, de manera
que laborar con constancia y disciplina no es
fuente de riqueza, como sí lo son los botines
de la guerra que es, en esencia, una guerra santa.
Sin embargo y a pesar de calificar al hombre castellano
como poco hacendoso, amante del lujo y la holganza
del poder, no se ha dejado de reconocer su inteligencia,
astucia y sutileza rápidas que se repiten
en las maneras de ser de nuestro cachaco.
Por
razón de estas circunstancias, no llegó
a nosotros el espíritu renacentista que
estaba creciendo en Europa precisamente en los
tiempos de la Conquista, y sólo se sintió
como un eco lejano la obra creativa de autores
como Cervantes, Góngora, Quevedo, Lope
y Calderón, poco menos que desconocidos
en América. Sólo tardíamente,
con las reformas borbónicas del Despotismo
Ilustrado, pretendió España poner
a tono el Nuevo Continente con el mundo. Pero
hasta ese momento, los españoles fueron
caballeros andantes en países de salvajes,
actuando con orgullo y brutalidad. Con la particularidad
de que no pudieron dejar de mezclarse con las
aborígenes y con las negras esclavas y
ello, a la postre y contra su propia voluntad,
marcó un rumbo totalmente distinto al que
hubieran deseado.
En
la actualidad somos nosotros mismos, no simples
epígonos de España, pero llevamos
sobre los hombros y dentro de nuestras cabezas
tradiciones, modos y medios de actividad cultural
que provienen de ellos. Claro está, junto
a las que heredamos de otras procedencias. Tratándose
de los europeos ibéricos valga agregar
que recibimos además cierto aporte de asturianos,
gentes del Cantábrico, semejantes a los
vascos y Cántabros, y a finales del siglo
XVIII y comienzos del XIX, alguna inmigración
catalana. Y que, a diferencia de Venezuela y el
Caribe, no vinieron gallegos ni canarios. A fines
del XIX también arribaron alemanes, en
pequeño número, a la región
santandereana, así como italianos del sur
a nuestra costa atlántica y zonas cercanas
al valle del río Magdalena.
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