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En
Relación con los elementos que contribuyeron
a la formación cultural del país hay que
relacionar, finalmente, el que corresponde a los afrocolombianos,
historia que pertenece a nuestra memoria desconocida.
Apenas se escribió sobre el tema hasta hace un
par de años y todavía los estudios que
aparecen corresponden al ámbito de antropólogos,
sociólogos y expertos.
Los negros
no pueden ser mirados apenas como descendientes de grupos
de esclavos que fueron traídos a América
y perdieron su identidad, asimilados en el mundo hispánico.
Por el contrario, conservaron numerosos elementos de
sus mundos originarios. Si bien la imposición
del idioma y la cultura castellanas parecería
indicar lo contrario, lo africano subsiste en lo profundo.
Este aporte es tan determinante como el indígena
y el europeo y, en algunas zonas, mucho más.
Preciso es formular, también en este caso, en
atención a que para los afrocolombianos la madre
patria es África, la pregunta ¿de qué
países vinieron sus ancestros?
Es cierto
que los negreros europeos prefirieron en su tráfico
infame hombres y mujeres de determinados pueblos africanos,
en razón de sus habilidades como agricultores,
mineros, ganaderos o artesanos, y desecharon otros por
su excesiva rebeldía y espíritu de independencia,
pero fue en realidad más común que capturaran
personas de distintas etnias, entremezcladas, y que
las denominaran por el puerto de embarque, lo cual impide
cualquier exactitud.
Manuel Zapata Olivella,
en el libro Visión sociocultural del negro en Colombia
del Centro para la Investigación de la Cultura
Negra en Colombia, Bogotá, 1986, pág. 236,
indica sobre el particular: "Podríamos decir,
generalizando, que la mayoría de los negros conducidos
a los centros mineros de Antioquia, Cauca y Valle, procedían
del área yoruba, dada la antiquísima explotación
minera de esta región. El estudio de nombre y apellidos
realizado por Rogerio Velázquez nos comprueba este
aserto. Pero, de igual modo, hace referencia de patronímicos
bantúes en las zonas mineras. (...) En la Costa
Atlántica, desde los comienzos de la colonia, más
dedicados a la agricultura y ganadería, los esclavistas
pusieron mayor empeño en utilizar bantúes
con experiencia en estas faenas, lo que no excluye la
presencia de individuos y comunidades yorubas en el ámbito
costeño."
A su vez, Nina S.
de Friedemann y Jaime Arocha aclaran en el libro De sol
a sol, Ed. Planeta, Bogotá, 1986, págs.
34 y 35: "Mediante análisis lingüísticos
en la Costa Pacífica, Germán de Granda señala
que allí los grupos predominantes fueron Fanti-Ashanti.
Edward Bendix y Jay Edwars, a su vez, anotan que en el
archipiélago de San Andrés y Providencia
existe la misma influencia. A su turno, el trabajo de
Carlos Patiño Roselli muestra que la lengua criolla
del Palenque de San Basilio atestigua la impronta de no
pocos elementos de idiomas del Congo y Angola".
Cualquiera
que fuera el lugar de procedencia, todos conocemos que
los africanos llegaron al territorio que hoy es Colombia,
tal como aconteció en muchas partes de América,
en reemplazo de los indígenas que habían
sido exterminados en el trabajo de la minería,
básicamente a partir de las últimas décadas
del siglo XVI. También fueron traídos
para laborar en las encomiendas ganaderas, circunscritas
a la costa caribe, en particular los actuales departamentos
de Magdalena y Cesar. Con el tiempo, además,
serían el motor humano del proceso de formación
de las grandes haciendas azucareras y ganaderas del
Valle del Cauca.
Como traficantes
oficiaron, al principio, los portugueses que abastecían
a los españoles incluso en la misma península
ibérica [apresaban, o compraban a otros negros,
gentes de los pueblos del Golfo de Guinea y los agrupaban
en las Islas de Cabo Verde para después exportarlos
a América]. Luego, este mercado les fue arrebatado
por holandeses, franceses e ingleses; éstos últimos,
impugnadores del esclavismo a posteriori.
Podría
pensarse que los capturados en las costas de África
occidental fueron los primeros en llegar al Nuevo Mundo,
pero en realidad los iniciales vinieron con los colonizadores
de la primera época, desde la misma España
donde ya eran esclavos, como parte de la servidumbre
de miembros de la nobleza y aún de comunidades
religiosas. No hay que olvidar que si el oro americano
fue base del desarrollo del capitalismo en Europa, también
lo fue el tráfico de seres humanos, fabulosamente
rentable.
Cupo a la Nueva Granada
la triste suerte de ser Cartagena de Indias uno de los
principales puertos de la trata de negros. A la vieja
ciudad llegaban los barcos con su cargamento de sobrevivientes,
que habían escapado a las enfermedades, al ahogamiento
o al suicidio en el largo camino por el mar. Desembarcados
y vendidos en subasta, eran reenviados a Quito, Perú
y Chile, y los que se quedaban en el país iban
a parar al puerto de Mompox, sobre el río Magdalena,
para ser desde allí distribuidos a las zonas mineras
del interior: Zaragoza, Santa Fe de Antioquia, Popayán
y demás lugares donde fueran requeridos.
Durante la
Colonia, casi toda la Colombia entonces poblada, con
excepción de la región amazónica
que era selva impenetrada, poseyó esclavos. Sin
embargo, abundaron en Antioquia, Chocó, Cauca,
Valle del Cauca y la Costa Atlántica. Y también
los hubo en la costa pacífica nariñense,
algunas partes de Cundinamarca y en los Llanos Orientales,
llamados en aquel tiempo Llanos de San Martín.
Desde entonces,
cultural y biológicamente, los negros han estado
participando en nuestro mestizaje, aunque la mezcla,
cada vez más intensa, incluyendo la actualidad,
no ha implicado la total asimilación. De algún
modo, sus costumbres y visiones de mundo, comportamientos
y tradiciones, habilidades y arte, se ha conservado
dentro de la diversidad; y si bien todas las lenguas
africanas desaparecieron, no sucedió así
con el habla criolla del Palenque de San Basilio.
En esta conservación,
fueron factores principales el cimarronaje y la rebelión.
Los primeros auténticos lugares de libertad en
América hispana los constituyeron los palenques
de negros evadidos de sus amos. Pueblos independientes
y libres, autogobernados y bravamente defendidos, que
no reconocían ley diferente a la suya propia,
mucho antes de que siquiera se llegara a imaginar la
independencia del imperio español.
Estos
palenques abundaron a lo ancho y largo de las zonas
esclavistas, erigidos como contrapartida de la dominación.
Los hubo en la costa caribe: La Matuna, La Ramada; en
el Magdalena Medio: Norosí; en el valle del río
Patía, en el Cauca: Castillo; en el actual Risaralda:
Cerrito; en Cundinamarca: Guayabal de Síquima,
Matima, y en muchos otros lugares, como en las cercanías
de Cartagena el palenque de San Basilio, superviviente
único. Sitios de rebeldía que tuvieron
al frente verdaderos héroes de la libertad, ignorados
por la historiografía oficial, como Benkos [Domingo]
Biojó, Domingo Criollo, Francisco Arará,
Reina Leonor, Pedro Mina, Felipillo, Bayano, Juan Brun,
al decir de Idelfonso Gutiérrez Azopardo en su
libro Historia del negro en Colombia, Ed. Nueva América,
Bogotá, 1980, pág. 44, y otros cuyos nombres
debieran estar grabados en las listas de próceres.
Conservados
de alguna manera en los palenques, es cierto que los
elementos de cultura negra se integraron posteriormente
al moldeador del mestizaje, pero no es menos cierto
que también permanecieron y hoy en día
son el fundamento de la cultura afrocolombiana, muy
visible en la Costa Pacífica, donde lo negro
perdura en mayor proporción. Esto nos daría:
mestizaje de un lado y resistencia del otro. Y es cierto:
mezcla y supervivencia. Pero también racismo.
Los colombianos pretendemos
poseer una tolerancia antirracista a toda prueba, pero
no hay tal. Somos practicantes de una discriminación
solapada contra el negro y contra el indio, que margina
a éstos de los cargos importantes, de los generalatos
del ejército y demás fuerzas armadas, de
la presidencia de la república, de las rectorías
de universidades, de las gerencias de empresas importantes
y recluye a los negros en el deporte y en la música,
donde se destacan con facilidad, tanto como a los indios
en el anonimato.
No obstante,
en un enfoque general, es claro lo que han dado las
culturas africanas a América y a Colombia en
singular, y de paso al mundo. En los Estados Unidos
y sobre música, el Jazz y el Blues, sin los cuales
resulta inconcebible el Rock. En el caribe, el sinnúmero
de ritmos como el Son, la Guaracha, el Bolero, el Merengue.
En Brasil, el Samba, la Lambada. Y en Colombia, la Cumbia,
el Porro, el Vallenato, el Mapalé y otro sinfín.
Tal como
se hace respecto de la cultura en términos genéricos,
es un tópico señalar entre nosotros la
procedencia triétnica de la música patria:
hispánica, negra e indígena [cada una
de ellas una diversidad] y simbolizar el respectivo
orígen con su propio instrumento: guitarra o
tiple, tambores y flautas, en su orden. Pero también
lo es, sin duda, que el aporte más rico y más
vital procede de los negros.
En la cocina,
los africanos realizaron una eficaz incorporación
de lo suyo en lo indígena y en lo blanco, tales
como las recetas numerosas que incluyen pescados, el
coco, las combinaciones de carnes y verduras, quizá
nuestro sancocho, así como el aprovechamiento
imaginativo de las frutas. Aunque es indígena
prehispánico, el uso del chontaduro es considerado
por muchos como de raigambre negra, pero no se trata
sino de una reincorporación.
En el idioma
aportaron toponímicos, nombres de plantas, de
platos populares, de instrumentos musicales y de ritmos.
En la Nueva Granada no apareció ninguna lengua
criolla, como en Haití y en otras islas del Caribe
[el castellano suplantó los antiguos lenguajes
africanos], ni siquiera en el primer siglo, la cual
pudiera haber desaparecido con posterioridad, pero subsisten
elementos de un idioma de estirpe bantú en el
palenque de San Basilio, y se habla otro, fundamentado
en el inglés, en las islas de San Andrés
y Providencia, que es en realidad parte del habla caribe
angloparlante.
Tampoco entre
nosotros persistieron religiones del pasado africano,
como el candomblé o el vudú, ni surgieron
otras con base en ellas, como el umbanda brasileño;
sin embargo, es indiscutible el sincretismo que se puede
percibir en la brujería popular y en el pensamiento
mágico-religioso asociado a cierta forma de santería.
En el presente,
la Colombia africana, entre negros propiamente dichos,
mulatos y zambos, constituye poco menos de la tercera
parte de la población y muchos de sus integrantes
hacen parte del mundo político, económico
y cultural del país, pero no en la proporción
que en verdad debiera corresponder. Su presencia se
reparte, hoy, en la Costa Atlántica, la Costa
Pacífica en toda su longitud, desde Panamá
hasta la provincia de Esmeraldas, en Ecuador, y en la
hoya del río Patía. Se trata de sus asentamientos
históricos, respecto de los cuales el departamento
del Chocó, que tiene costas en ambos océanos,
posee la población afrocolombiana mayoritaria,
al punto de que puede considerarse un departamento negro.
Empero, se desarrolla un proceso de emigración
particularmente intenso desde todo el Pacífico
hacia la ciudad de Cali y el Valle del Cauca, como también
una dispersión hacia el resto de Colombia, producto
de los desplazamientos forzados que propicia el conflicto
armado en proceso.
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