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Volvamos
a nuestras preguntas: ¿Existe una nación
colombiana? ¿Se encuentra en proyecto? ¿Más
exactamente: hay una culturacolombiana? Hasta donde hemos
expuesto es claro que nuestras indagaciones apuntan a
que no había unidad social ni cultural en el pasado
prehispánico, que no fue único el aporte
peninsular ni tampoco el africano y que todo ello dificulta
la existencia de nuestra unidad en el presente. Pero ¿es
cierto que la nacionalidad colombiana, en caso de que
exista, es una nacionalidad en proceso porque su desarrollo
formativo no ha culminado?Observemos con un poco de detenimiento.
Parece muy cierto que el país tiene, a pesar de
los orígenes diversos, una Historia común.
Nadie discutiría que desde cuando comenzó
la intromisión española en el mundo aborigen,
el devenir histórico ha sido el mismo, inclusive,
más o menos común para toda América
Latina.
¿Es esto
verdad?
La Costa Caribe, durante la Colonia, sufrió un
destino notoriamente distinto al del interior de Colombia,
a pesar de que estaban bajo el mismo dominio. Al principio
ni siquiera constituían una sola región
administrativa, como también ocurría con
nuestras zonas occidental y del sur. Fue sólo
cuando se instauró el Virreinato de la Nueva
Granada, con capital en Santa Fe de Bogotá, que
la corona unificó el territorio, por conveniencias
del funcionamiento político. Era necesario centralizar
un vasto espacio y aprovecharon casi el centro geográfico
exacto que, por afortunada disposición natural,
coincidía con una altiplanicie de buen clima
y tierra fértil donde, además, vivían
los muiscas, la cultura indígena quizá
más desarrollada y numerosa.
En la realidad, se habían formado cuatro grandes
zonas, administradas por separado: el istmo de Panamá,
la Costa Caribe [Cartagena y Santa Marta], el Occidente
[Cali, Popayán, Pasto] y el Oriente [Bogotá,
Tunja, Socorro, Pamplona]. De ellas, la Oriental fue
denominada Reino de Santa Fe de Bogotá o Nuevo
Reino de Granada, conocida durante siglos simplemente
como El reino y sus habitantes como reinosos.
Los españoles
comprendían la enormidad del país [más
grande que toda la península ibérica y
Francia juntas], pero también veían la
necesidad de crear y fortalecer un poder intermedio
entre Perú y México. De este modo y no
obstante que lo que hoy es Colombia nunca había
representado para ellos sino una especie de país
amorfo casi sin importancia; de lo que dan fe la poca
espectacularidad de sus villas y pueblos, la inexistencia
de templos y edificios de valor, con excepción
de Cartagena por ser el puerto que fue; en las postrimería
de su dominio imperial el rey creó primero una
Real Audiencia y luego el Virreinato, tras un fallido
intento. Pero por un tiempo siguieron teniendo jurisdicción
en Occidente la Audiencia de Quito, y en el Caribe la
de Panamá.
A pesar del intento, forzoso
es reconocer que tal poder intermedio no alcanzó
a fortalecerse en términos sociales, culturales
y políticos mientras fuimos colonia, así
como tampoco al comienzo de la República. Bolívar
concibió más tarde este poder como un Estado
gigantesco, utilizando por segunda vez el nombre Colombia,
llamado posteriormente por los historiadores La Gran Colombia,
que incluía a Quito y Venezuela. Visionario, sabía
que sólo un país poderoso y más poblado
podía hacer frente a Norteamérica. Pero
el experimento no resistió diez años y terminaron
por recomponerse los tres países constitutivos
y, setenta y cuatro años más tarde, se desprendió
también Panamá con el apoyo de la misma
Norteamérica que el Libertador temía.
Ya en la guerra de Independencia contra España
se había hecho evidente la falta de unidad interna.
La libertad fue proclamada y reivindicada en diferentes
momentos y lugares. Hoy, se conmemora el levantamiento
popular del 20 de julio de 1810 como fecha nacional
porque los hechos de entonces ocurrieron precisamente
en Bogotá, sede del virreinato, lo cual implicó
el desafío directo al poder dominante, pero cuando
fue el momento de plantear la independencia absoluta,
la primera en hacerlo fue Cartagena, en 1811. Cundinamarca
lo hizo el 16 de julio de 1813, Antioquia el 11 de agosto
y Tunja el 10 de diciembre del mismo año. No
hay que olvidar, de otra parte, que en la provincia
del Socorro la rebelión social tenía tres
décadas de estarse fermentando, desde la rebelión
Comunera de José Antonio Galán. Como proceso,
la guerra tampoco había sido un fenómeno
común: los blancos, mestizos e indígenas
del sur no abrazaron propiamente la causa independentista,
sino la del rey. Son conocidos el caso de los pastusos
y la oposición armada del indígena Agustín
Agualongo, que se enfrentaron a los patriotas.
Obtenida
la independencia en los campos de batalla y aún
antes, desde la proclamación de la misma, las
autonomías y las visiones políticas separadas
fueron la norma. En 1810 a nadie se le ocurrió
una sola constitución política para todo
el país, sino que fueron redactadas para cada
uno de los países que se vislumbraban: Cundinamarca,
Tunja, Antioquia, Cartagena, Popayán, etcétera.
Tuvo carácter general la bolivariana de 1821,
la de la Gran Colombia, pero, terminó fracasando.
En adelante, como había acontecido desde el principio,
la discusión entre federalistas y centralistas
fue constante, expresión de una casi total falta
de unidad que periódicamente daba lugar a guerras
encarnizadas, la penúltima de las cuales, la
que derrotó a los radicales federalistas, impuso
el centralismo en 1886. Diecisiete años más
tarde, en 1903, aprovechando la repulsa que provocaba
el centralismo bogotano, los panameños, azuzados
por los norteamericanos, proclamaron a su vez la propia
independencia.
Con mucha
razón señala Germán Colmenares
en su libro Cali: terratenientes, mineros y comerciantes,
U. del Valle, Cali, 1975, págs. 170 y 171: "...las
raíces de las cuestiones que enfrentaban a liberales
y conservadores no arranca exclusivamente de la época
de las luchas de independencia. A nivel de estructuras
económicas y sociales, liberales y conservadores
debían responder a tendencias claramente demarcadas
en el periodo colonial (...) Hasta ahora, los historiadores
han fijado su atención exclusivamente en las
relaciones entre la metrópoli española
y un centro administrativo colonial (...) Pero ¿qué
ocurría en la periferia del centro administrativo
colonial? Resultan casi irrisorios los esfuerzos descomunales
que se han hecho para 'comprender' la mecánica
de una vida nacional con prescindencia casi absoluta
de este problema. Pues a pesar de que casi todas las
guerras civiles del siglo XIX se originaron en la tensión
existente entre la capital y las provincias, lo que
sabemos respecto a estas últimas es casi nada.
Cada vez aparece más clara, sin embargo, la autonomía
en que se movía la vida provinciana durante la
colonia. Al hecho físico de la incomunicación
correspondían formas sociales y luchas políticas
que tenían su centro en sí mismas, con
muy poca injerencia de factores externos."
Según el artículo
1 de la Constitución de Colombia de 1886 la Nación
Colombiana se reconstituyó en forma de República
Unitaria tras el periodo federalista durante el cual estuvo
vigente la constitución radical de 1863, pero la
frase más que una realidad reflejó la intención
puramente política de los conservadores triunfantes
que impusieron de nuevo y desde arriba el poder centralista,
a la manera del colonialismo español.
Transcurridos
115 años, la Constitución Política
de 1991 tuvo que reconocer la tozudez de los hechos
y plantear que si bien el país continuaba siendo
una república unitaria, las regiones requerían
una considerable autonomía. Lo que equivale a
una forma de federalismo sin utilizar el término,
todavía estigmatizado. Tal parece, empero, que
la solución del problema volverá a plantearse
como parte de la temática sobre la superación
de la guerra hoy en proceso.
En la actualidad
conocemos, con relativa exactitud, dónde acaba
el suelo colombiano y empiezan los Estados vecinos,
lo que a la fuerza constituye un factor de unidad, pero,
hablando propiamente, es bien evidente lo caprichoso
e indefinido de nuestras líneas fronterizas.
En la Guajira los indígenas wayuu no la toman
en cuenta, en tanto divide de manera arbitraria su país
en dos partes. Tampoco es clara entre Norte de Santander,
Zulia y Táchira, donde se repiten los mismos
usos y costumbres, y todavía menos en los Llanos
Orientales, que no son sino la prolongación de
los más vastos Llanos Occidentales de Venezuela.
Ni en la frontera ecuatoriana, en la que pueblos indígenas
y mestizos se confunden como si fueran uno solo; al
igual que en la frontera con Panamá, que es el
mismo Darién a lado y lado de la línea
imaginaria.
Recientemente,
la situación respecto de nuestra territorialidad
se ha tornado dramática. Un gobernador de Norte
de Santander propuso constituir con el Estado de Zulia
venezolano un nuevo país, y halló eco.
Un alcalde del Vichada creyó oportuno, por su
parte, adherir sin más a Venezuela. Y otro, del
olvidado departamento del Chocó, planteó
integrar su municipio al colindante Panamá. Ya
antes habíamos asistido a la pérdida,
sin pena ni gloria, de vastísimos kilómetros
cuadrados a manos de Brasil y a la cesión gratuita
de los islotes de Los Monjes frente a la península
de La Guajira.
Parece también
muy cierto y fuera de toda discusión que el país
posee unidad idiomática, en la medida en que
el castellano es hablado por la casi totalidad de habitantes,
pero basta analizar un poco para darse cuenta de que
no es uno y el mismo idioma en todas partes. Las diferencias
regionales pueden dar significados distintos a un mismo
vocablo. La palabra rumbón es en Cali o Bogotá
una gran parranda, una rumba grande, en tanto que en
la región ocañera de Norte de Santander
significa un camino inculto y hasta un botadero de basura.
El término arrechera es sinónimo de valentía
en Santander del Sur, pero no es otra cosa que excitación
sexual en la Costa Atlántica. También
pueden llevar a nombrar de manera diferente lo que en
verdad es igual: la expresión parva en Antioquia
designa las colaciones de Pamplona o las golosinas de
pan de Bogotá; Lo que es tamal para un tolimense
es un pastel para las gentes de ambas costas. De igual
manera, crean giros, palabras y modismos poco comprensibles
de una zona a otra.
Refiriéndose a las
diferencias de pronunciación, el académico
Eduardo Guzmán Esponda escribió en su libro
Variedades literarias y lingüísticas, Inst.
Caro y Cuervo, Bogotá, 1984, pág. 20: "A
los bogotanos tendrían que inventarnos un signo
especial para nuestra manera de decir treinta y tres,
el tren, las ruedas, la carretera, puesto que para esas
rr y esas combinaciones de tr, hacemos cierto sonido peculiar
arrastrado, y no pronunciamos clara y distintamente como
las demás gentes de habla castellana. Los antioqueños,
costeños y caucanos ríen con frecuencia
de esta modalidad fonética de Cundinamarca. Con
ortografía severa, tendríamos que apropiar
el signo dizque usan los checos, en cuyo idioma existe
un sonido tal como nosotros lo solemos hacer. Los costeños
a su turno tendrán que eliminar de su escritura
muchas s, y los antioqueños ll, que convierten
en y, bien es verdad que no tan desapacible como la de
los argentinos, que casi es ch francesa; por ejemplo,
llegar, llave. Así, en vez de unificar la lengua,
y en nombre de la facilidad, llegaríamos con el
criterio de la ortografía fonética, llevada
a sus últimas consecuencias, a repetir por escrito
el fenómeno que por hablado se produjo en la torre
de Babel. En Colombia, tendríamos tres o cuatro
ortografías."
En el lenguaje culto de los creadores salta a la vista
la existencia de literaturas diferenciadas. La costeña
caribe ha estado a la vanguardia en los últimos
40 años, sin casi considerar al resto de Colombia,
fenómeno que hace sentir a Gabriel García
Márquez que no le debe nada al mundo andino,
de algún modo hostil para él. Así
mismo, los antioqueños reivindican sus propios
autores y tradición. Y esto sucede no solamente
en cuanto a literatos sino también ensayistas
de áreas específicas que pueden variar
de región a región, como si se tratara
de realidades distintas. Por último, no hay que
olvidar que además del castellano se hablan en
nuestro país 65 lenguas indígenas, como
también el criollo de San Andrés y Providencia
y el remanente de lengua bantú del palenque de
San Basilio.
En el campo
de la economía, Margarita Jiménez y Sandro
Sideri, quienes analizan "... una Colombia que
rara vez se ha comportado como 'nación integrada'
frente a la economía mundial...", plantean
en su libro Historia del desarrollo regional en Colombia,
Cerec-Cider, Bogotá, 1985, que el investigador
Luis Ospina Vázquez podía distinguir cómo
a finales del siglo XVIII había cuatro regiones
económicas en Colombia: la Oriental, la Caucana,
la Antioqueña y la Costeña. La primera,
con manufactura tradicional, cierta actividad textil,
agricultura y extracción de sal. La segunda,
con extracción de oro y plata y cierto comercio.
La tercera, también con explotaciones mineras.
Y la cuarta, con haciendas ganaderas y comercio portuario.
Regiones con homogeneidad interna, pero diferentes y
poco comunicadas entre sí.
Transcurridos
los siglos hasta el presente, la situación ha
variado. No obstante, aún es posible encontrar
tendencias económicas disgregadoras internas
que señalan la persistencia de este tipo de desarticulación.
Es conocido, en este sentido, que la producción
de flores exportables es sobre todo un negocio de la
Sabana de Bogotá, el cual sólo interesa
a los agricultores de la región y preocupa muy
poco a sembradores y comerciantes de otras zonas; que
el café es especialmente un producto paisa de
la región central colombiana; que el ganado es
costeño o llanero; e inclusive, que la marihuana
fue costeña del caribe del mismo modo como la
coca es en gran medida de las selvas del sur. En todos
los casos, la problemática de cada producto o
de cada región es percibida por separado, como
si se tratara de asuntos descoordinados que no pertenecen
a la misma economía nacional.
Igualmente,
tal como hemos dicho para la historia, el idioma y el
territorio, casi todos consideramos verdadero que Colombia,
al menos, posee un clara unidad religiosa fundamentada
en la religión católica.
Sin
embargo, sin tomar en cuenta la proliferación
de sectas cristianas actuales, especialmente evangélicas,
ni la existencia más o menos exótica de
credos procedentes del Asia, propios de la difusión
globalista, no hay que dejar de tomar en cuenta algunas
características de nuestra religiosidad que señalan
en sentido contrario a la unidad. Son éstas el
teñido de santería africana que posee
el catolicismo en las zonas donde influye la población
afrocolombiana, el sincretismo con el chamanismo y la
brujería de procedencia indígena, y la
supervivencia de antiguas concepciones religiosas prehispánicas
presentes en los grupos aborígenes vivos. Aún
cuando durante siglos la Iglesia Católica Apostólica
y Romana de estirpe hispánica hegemonizó
en nuestra cultura, nunca fue un dominio absoluto. Siempre
convivió en una especie de pacto de no agresión
con concepciones del mundo a las cuales, sin ninguna
duda, debió considerar por lo menos heréticas
o paganas.
Ahora bien, respecto de
los usos y costumbres, tradiciones y gastronomía
no es necesario dar ejemplos: salta a la vista que es
allí donde nuestra diversidad se manifiesta con
total claridad. Si por algo nos consideramos regionalmente
diferentes es precisamente por ello. Ya tendremos, adelante,
la oportunidad de referirnos a nuestros estereotipos culturales.
Así las cosas y con fundamento en las características
que atentan contra la unidad, aquí descritas, es
posible proponer que en Colombia no se ha desarrollado
una sola y misma cultura, como tampoco compartimos exactamente
una misma historia, ni hablamos todos el mismo idioma,
ni constituimos un solo pueblo. Asunto diferente será
considerar si, de todas formas, caminamos hacia la construcción
de una nacionalidad unificada o si estamos creando una
sola cultura, de tal manera que en el futuro llegaremos
a ser verdaderamente una nación. Si y no son respuestas
posibles. La correcta dependerá del curso que tomen
tanto los procesos socioeconómicos como el surgimiento
de un psiquismo compartido.
La globalización
en curso interfiere este desarrollo: de un lado, tiende
a unificar a escala planetaria, pero crea como reacción
fuertes sentidos de identidad nacionales, regionales
y locales. Es notorio que en este final y comienzo de
milenio las particularidades, las especificidades culturales,
es decir, las diferencias se yerguen contra la homogeneización.
No es una vuelta atrás, al nacionalismo crudo
que dio origen a las temibles deformidades del nazismo
y todas las formas de fascismo. Es diferente. En el
mejor de los casos debe corresponder a un movimiento
de ajedrez de la naturaleza en tanto la diversidad garantiza
la vida. La total igualdad equivale a la muerte. Si
la sociedad humana poseyera solamente tradiciones inamovibles
y únicas acabaría por perecer en un mundo
cambiante al cual no se podría adaptar. Las innovaciones
se presentan porque hay diversidad, respuestas distintas,
diferentes visiones.
Cabe la posibilidad,
entonces, de que la mejor respuesta no sea la de Estados
Nacionales Unitarios, sino la de países internamente
multidiversos, multiétnicos y multiculturales,
como nos define la Constitución Colombiana vigente.
La forma política que a ello corresponda, forzosamente
será un tipo de federalismo que pueda garantizar
unidad dentro de la diversidad o, como algunos plantean,
reconocer plenamente esa diversidad. En nuestro caso,
no es necesario darle muchas vueltas al asunto porque,
simplemente, somos así.
Quizá
lo anterior se ha estado entreviendo en las últimas
décadas y ha llevado a replantear problemas como
el del reordenamiento territorial, es decir, la comprobación
de que la manera como fueron trazadas las fronteras
internas de los departamentos y municipios tiene poco
que ver con la realidad social, cultural y política,
y más bien enreda la funcionalidad administrativa
y la gobernabilidad. Lo sabe muy bien la Iglesia católica,
que se atiene a la división del país en
diócesis, conformadas según la historia,
y lo entienden el ejército y los grupos armados
irregulares, atentos a movilidades e intereses que rebasan
los marcos departamentales y municipales . Planeación
Nacional ve también las cosas de otro modo y
ha escuchado propuestas como la de los geógrafos
Guhl y Fornaguera, quienes plantearon seis grandes comarcas:
Barranquilla, Medellín, Cali, Bogotá,
Bucaramanga y Caldas [Pereira-Manizales], y sus áreas
de influencia, con subdivisiones al interior de cada
una de ellas.
¿No existen,
entonces, elementos de unidad?
Se están creando.
Surge de manera borrosa, dolorosa, en medio de la guerra,
una conciencia ciudadana. Aparece lo que embrionariamente
pudiéramos llamar una sociedad civil. La confrontación
armada, desde las guerras del siglo XIX hasta los enfrentamientos
del XX y el XXI ha servido para que los colombianos se
conocieran entre sí, para que se desplazaran de
un lugar a otro sin importar la inexistencia de medios
adecuados de comunicación, y para que aprendieran
a compartir sufrimientos y odios, victorias y solidaridades.
No poseemos símbolos sólidos que representen
la unidad, pero nos aferramos al concepto de ciudadanía
sobre la base de una territorialidad que, a pesar de la
relativa indefinición de las fronteras, es real
y la podemos comprobar. Sabemos que somos colombianos
por cuanto portamos nuestra cédula o nuestra tarjeta
de identidad; claro está, por haber nacido en el
territorio o ser hijos de padres colombianos. El nacionalizado
es todavía para nosotros la excepción.
En la cultura
musical, hemos asumido los ritmos del caribe y algunos
del pacífico como nuestra música festiva
indiscutible, aunque sin olvidar las músicas
andinas y llaneras. Y el vallenato ha sido punta de
lanza en los últimos tiempos. No importa considerar
si nos gusta o no, si nos sentimos representados u ofendidos,
sino el hecho real de su difusión. Y tenemos
un plato compartido en pueblos y ciudades de la república
[y aún, esto sin duda, con otros países
de América Latina], hecho de carne, arroz y papa
u otra harina equivalente, rasero de nuestra condición.
Los medios
de comunicación han acelerado el proceso descrito,
que probable y preferiblemente no va a dar como resultado
el colombiano estándar sino un nuevo tipo de
conciencia que nos acerque y unifique por encima de
las particularidades regionales y locales o, mejor aún,
en virtud de ellas.
De allí
el interés por saber cómo somos, por entender
cómo pensamos.
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